1449. LA ESTRELLA
Carlos Aguilar Hinojosa | Míster Gusin

‘- Adriana, el plato. Ahora.
– Lo tengo en un minuto.
– YA. La estrella Michelín me espera.

Adriana se da la vuelta, y pone sobre el mármol blanco dos platos exactamente iguales: un esponjoso buñuelo de ostra con caviar imperial dorado y cava gelificado.

– ¿Dos? – pregunta Marcelo apartando uno de los platos de malas maneras antes de que Adriana les dé un último vistazo. – El otro te lo cobraré, que el caviar no se paga solo. Espero que sea lo suficientemente bueno.

– Lo es – Marcelo está a punto de salir de la cocina, cuando Adriana le interrumpe. – Claro que no sé si es ese el plato el que quieres servirle.

Marcelo se detiene, contrariado. Mira con extrañeza el plato que lleva en la mano.

– No entiendo.
– Muy sencillo: estoy harta de que presumas de mi trabajo como si fuera tuyo. Me mato a trabajar por este sitio para el que acabe saliendo en la foto seas siempre tú.
– Mira Adriana – sonríe confiado – Las pataletas las dejas para tu novio o lo que sea que tengas. Todo lo que se cocina aquí es mío, y si no te gusta, te montas un restaurante. Y ahora voy a servir este plato que cuando atraviese esa puerta habré hecho yo y me hará ganar una estrella. A mí.
– Yo no lo haría.
– ¿Por?
– Pues porque ese plato que llevas ha sido aderezado con un laxante tan potente que el que se coma ese buñuelo va a sacar todo lo que tiene dentro. No va a ser bonito.

Marcelo la mira, ligeramente irritado.

– ¿Pero qué dices? ¿Estás loca?
– No, lo que estoy es harta. O le puedes llevar este que tengo aquí, y decirle que es un plato mío.

Rápidamente, Marcelo deja el plato que tiene en las manos y coge el otro.

– Hay que ser más rápida.
– La velocidad nunca fue una de mis virtudes… – Asiente ella – Y tampoco la memoria. A ver si me he equivocado, y el que tiene el laxante es el que acabas de coger… No lo recuerdo bien, la verdad

Adriana sonríe. Marcelo la mira fijamente. Mira los dos platos, son exactamente iguales. Imposible determinar una sola diferencia. Escudriña la mirada de ella, buscando una sola pista. Le cae una gota de sudor. Pasan los segundos. Tiene que sacar un plato.

– Es mentira – dice nerviosamente Marcelo – No te atreverías. No hay laxante en ninguno.
– Ponme a prueba. – Pasan los segundos. Marcelo no reacciona – Tú me vas a presentar como la autora del menú de esta noche, que es lo que soy. Y le servirás éste.
– ¿Y cómo sé que no me la estás jugando?
– No lo sabrás. Por lo menos hasta mañana, que será cuando te llamen diciendo que ha habido una intoxicación… O no.

Los ojos de él están inyectados en sangre. Coge el plato que Adriana le ha señalado.

Ven conimgo.