1570. LA EXCOMUNIÓN
María José Morales Ortega | La Sabika

Esta historia que voy a contar ocurrió hace mucho tiempo. Yo tendría once años y mi hermano Ángel ocho. Vivíamos en un pueblecito rural donde la autoridad la representaba a partes iguales el cura, el médico y el maestro.

Mi padre era un hombre de campo. Nuestra madre, nos dejó muy pronto, y él era el que cuidaba de nosotros.

Tenía fama de huraño y de malafollá, incluso de agresivo. Calor nos daba, y muy buenos consejos que han hecho de nosotros hombres de provecho.

Vamos a los hechos. Después de mucho rogarle, nos dejó tener un gato. Misifú era enorme, y con un carácter endiablado. Gustaba de atacarnos cuando estábamos dormidos. Era un hacedor de estropicios varios, cada uno de ellos peor que el anterior.

Pero un día se pasó al destrozar un mantón de mamá. Fue tal la rabia que sentimos, que sin querer y queriendo le asestamos tal golpe en la cabeza, que el condenado diablo quedó muerto en el acto. Ángel tenía un miedo terrible a que Misifú reviviera puesto que aún le restaban seis vidas. Y yo por quitarle esa idea de la cabeza, le dije que si lo rociábamos con agua bendita antes de enterrarlo, no podría revivir. Así que entramos a hurtadillas en la iglesia y llenamos una lata con el agua de la pila bautismal, mientras cuchicheábamos entre nosotros la muerte del gato; sin percatarnos de que el sacristán nos estaba escuchando. Qué entendería que fue a decirle al cura, Don Anselmo, que había muerto nuestro padre.
Con lo cual este se personó en nuestra casa coincidiendo con el entierro del felino.

Allí estaba yo con la pala en las manos, y Ángel lleno de tierra. El cura nos preguntó que hacíamos. A lo que le respondimos que habíamos enterrado al muerto. En seguida se santiguó mientras profería en latín toda la liturgia de su credo. Ángel muy agitado intentando redimirse, le contó que todas las noches se metía en nuestra cama, y que por más que lo rechazábamos , terminaba por torturarnos. Le enseñamos las marcas que tales fechorías habían tatuado en nuestro cuerpo y Don Anselmo se puso lívido como el papel.

«Pobres criaturas profería entre gemidos». Mientras su imaginación divagaba, con lo que él creía ni más ni menos que el asesinato de nuestro padre.

Justo en ese momento escuchamos la voz de susodicho a nuestras espaldas preguntando que pasaba. Don Anselmo al darse la vuelta y ver a papá vivo y coleando, cayó desmayado en el acto.

Cuando despertó pudimos aclarar el entuerto, pero don Anselmo en vez de alegrarse se fue gritando que éramos los hijos del demonio y que nos excomulgaría.
El castigo para delicia de nuestro padre fue oficial de monaguillos.

Todo sea dicho, de tal guisa conocí a Clarita, la que actualmente es mi mujer, y con la que he formado una familia en la que por supuesto jamás hemos adoptado a ningún gato.