LA EXCUSA PROFESIONAL
Antonio Salido Contreras | Salmonete Antoine

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Adosé la oreja a la puerta cerrada. La madera me devolvió silencio desconcertante. El instituto se había tragado, entre dos clases, al resto de compañeros del turno de nocturno. Me sentía protagonista de una historia de suspense dictada en tiempo real por Stephen King.



Para estirar la intriga, me dejaré ahí un ratito decidiendo el dilema: ¿abro y compruebo si existe vida dentro o, despavorido, salgo corriendo a casa huyendo de aquel siniestro instituto?



Rebobino. El profesor de la primera clase me infundió mucho respeto. Era un señor ya mayor y muy alto. Llevaba bata blanca, uniforme de gala de los de Física y Química. Me senté en la primera fila, escorado en banda, al otro lado de los ventanales por los que entraba el sol de la tarde.



Aproveché que don Pascual escribía en la pizarra para cuchichear con el compañero de mesa, que ya había cursado primero allí. Yo venía de sacarme Auxiliar Administrativo, primer grado, en otro pueblo. Convalidando, debutaba en bachillerato, desde segundo, que decían que era dificilísimo. Necesitaba quitarme el miedo a lo desconocido. Lo bombardeé. ¿Hay que estudiar mucho? ¿Se hace gimnasia? ¿Alguna profesora guapa?



—¡A ver, usted, calle ya un poco! —don Pascual, manos entrelazadas a la espalda, se me fue acercando con severidad castrense— ¿Qué es lo que hay en la pizarra?



El reflejo del sol en el encerado me deslumbraba. Incliné el cuerpo buscando mejor ángulo, pero no veía nada. Tal era la expectación que escuché redobles de tambores. Me sacudí la presión como pude:

—Es que soy nuevo, vengo de la F.P. y……

—¿Qué tiene que ver eso? ¡El sistema métrico decimal es internacional! —atajó, impidiéndome justificar mi estrambótica argumentación.



Las risotadas, punzadas migrañosas, dejaron mi orgullo como un queso Gruyeré. El que ahora veía como el viejo de la bata me silenció dejándome en un ridículo del tipo tierra, trágame.



No volví a abrir la boca hasta que acabó la clase. Los alumnos salieron al pasillo. Mi compañero también. Corrí a buscarlo. No lo encontré. Bajé al patio. Tampoco estaba.

Como aquel cambio de clase coincidía con la hora en la que en FP hacíamos un descanso largo, fui a la calle ansioso por dar con él. Desolación. Ni rastro de profesores y alumnos en dos kilómetros a la redonda.



Aprieto de nuevo el rewind. Estaba plantado ante la puerta del aula preguntándome cómo había engullido el Universo toda una promoción de bachillerato.



Intrigado, golpeé con los nudillos la puerta. La fui abriendo despacito. Asomé la cabeza. Los compañeros ocupaban sus pupitres. La de filo, brazos cruzados, sentada sobre la mesa, me fulminó con una mirada traducible: ¡el empanao¡



Justo cuando la interrumpí, estaba recalcando que le obsesionaba la puntualidad. «Si la puerta la encontráis cerrada, no molestaros en llamar».



Tenía encima cincuenta y dos ojos. Parecían de una jauría zombie. Sólo se me ocurrió una excusa recurrente que desencadenó otra humillante mascletá de carcajadas:

—¡Es que soy nuevo, vengo de F.P.!