La extraña
Juan Luis Alonso Arévalo | Moriarty

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Le estaba costando más que otros días. Esa mañana se sentía raro. No podía despejar la nebulosa de sueño que le envolvía. Notaba algo diferente. Era una mezcla de desasosiego anímico y malestar físico.

Sentado a los pies de la cama no llegaba a estar seguro de cómo había terminado la noche anterior. Su primera cita con aquella extraña chica, la cena, la continuación en el bar… Imágenes que se diluían en su mente.

Intentaba acordarse. Lo primero que le vino a la cabeza fueron los extraños temas sobre los que estuvieron conversaron. Brujería, el diablo, el Bien y el Mal, maleficios y conjuros. Al principio, participó de una manera divertida y despreocupada, pero, al cabo de un rato, el extraño juego le empezó a intranquilizar. También recordaba esa mirada inquietante que en ocasiones, fijaba, como un foco amenazante, durante unos segundos sobre su boca.

– Sí, realmente era una mujer rara- pensaba mientras no dejaba de sentir una extrañísima sensación en el paladar y la lengua. Como si la tuviera completamente acolchada, insensible y acartonada. Notaba, además, un sabor agrio y un poco picante.

Decidió dirigirse al cuarto de baño para tomar una ducha.

Caminando muy lentamente se situó frente al espejo. Quería evaluar los efectos que el alcohol y la mala noche pasada le habían causado. La imagen que vio en ese momento le provocó un vuelco en el corazón. Una corriente eléctrica recorrió los huesos de su cuerpo, quedando totalmente inmovilizado.

¡No tenía dientes!

Su boca, sin heridas ni magulladuras aparentes, aparecía como una oscura y profunda cueva. En un primer momento pensó que seguía soñando, que todavía no estaba despierto, que no era real lo que estaba viviendo. Pero no. Él estaba ahí, de pie, frente al espejo. Y ahí estaba su boca, sin un solo diente, como la de un bebé recién nacido.

Empezó a sentirse mareado. Un sudor helado recorría su frente y su nuca. ¿Cómo podía ser? ¿Se estaba volviendo loco? El corazón le latía cada vez más rápido y la respiración se le entrecortaba. Pensó que iba a vomitar

De manera repentina sonó el móvil. Acudió a cogerlo, aún en shock. Vio que era su primo.

– Hola…- dijo con una voz cavernosa que le sonó extraña. Como si no fuera la suya.

– Hola. Vaya tono que gastas. ¿Qué tal la nochecita?

Temblando, no sabía muy bien lo que contestar:

– Bien. Ya te contaré. Ahora no me encuentro demasiado bien.

– Bueno, te llamaba para comentarte algo relativo a la chica que te presenté. ¿Saliste ayer con ella? ¿No?

– Dime

– Yo creo que no es importante, pero he pensado que te podría interesar. Resulta que mi compañero Antonio, el de Recursos Humanos la conoció. Al contarle lo de tu cita, enseguida me ha preguntado por cómo te encontrabas. Es un tipo un poco raro. Y más, desde el día ese en que salió con ella y amaneció sin los cinco dedos de la mano derecha.