1349. LA FLOR DEL AMOR.
Verónica Adame | Verucah

Anturio es un hombre de hábitos, tiene 68 años y vive con su gatito persa Pelayo. Dedica las tardes de domingo a jugar a la petanca, mientras todas las parejas de su edad pasean por los bulevares cogidas de la mano. Con siete años empezó a odiar a su madre, a los once, una profesora de ciencias naturales le desveló el misterio de su nombre: Anthurium andreanum, una flor exótica actualmente conocida como “la flor del amor”. Aún se le aparecen en pesadillas esos recreos del colegio en los que un corrillo de niños le obligaba a rebozarse en el barro del jardín para honrar así el origen de su nombre.
Anturio considera que la mujer es una criatura maléfica: primero su madre le bautiza con el nombre de una flor, después la profesora le humilla con el rollo de Anthurium andreanum y todas las niñas del colegio le escupen, según ellas, para regarlo. En definitiva, con los años y la acumulación de desventuras, Anturio se ha convertido en un hombre solitario y misógino que no honra el significado original de su nombre.
Una mañana de invierno recibe la noticia, un tío lejano de Argentina muere y le deja una herencia de valor incalculable, pero tiene una condición determinante para el sujeto receptor: éste debe de estar casado. Así que ahora, nuestro protagonista tiene cuatro días para demostrar que es un esposo feliz.
Anturio decide dar una solución rápida al problema: acude a una agencia matrimonial para conseguir una mujer en veinticuatro horas. El inconveniente es su edad, rebasa el límite de edad por quince años. Entonces trama un “plan B”, poner un anuncio en internet, pero las mujeres que acuden en respuesta no aceptan la proposición de matrimonio por una semana.
Durante el curso de la búsqueda, Anturio empieza a darse por vencido y a culpabilizarse por ser como es. Entre tanto estrés, nuestro protagonista tiene un despiste, se deja la puerta abierta de casa y Pelayo, su fiel gato escapa del hogar. Anturio decide que antes que seguir viviendo en vano lo mejor es ofrecer su cuerpo a la ciencia como buen vegetal.
El día antes de la cita con el notario para desestimar la herencia, una ecuatoriana atractiva llama a la puerta de su casa con el gato Pelayo entre sus brazos; pero ya es tarde, Anturio se ha tragado el bote de somníferos. Al abrirle la puerta a la mujer, Anturio se desmaya. La mujer ecuatoriana llama a una ambulancia y consiguen reanimar a nuestro protagonista. Al despertar, Anturio se ve envuelto en una maraña de cables en la cama de un hospital y lo primero que vislumbra es la mirada compasiva de la mujer ecuatoriana. Al mirarla, Anturio comprende, por fin, que la bondad y la mujer no son antónimos. Anturio le propone matrimonio y ella acepta, con eso nuestro protagonista accede a la herencia y la mujer ecuatoriana resuelve su legalidad en el país.