LA FORMA EN QUE ME MIRAS ESTA NOCHE
ERIC FERNÁNDEZ-LUNA MARTÍNEZ | SPANDA

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Una noche, Laura y Jaime se quedaron encerrados en el ascensor. Hacía tiempo que la presidenta de la comunidad había advertido a la junta de vecinos que aquel cacharro terminaría por darles un susto un día de estos. Y lo hizo, en el peor momento: A la hora de la cena.

Aún no se conocían tanto como para que no les incomodara quedarse encerrados en un espacio tan estrecho. Conforme pasaban los minutos fueron aceptando la idea de que iban a tener que esperar a que los rescatasen. Echaron un vistazo a las bolsas con comida y ella dijo: «Deberíamos aprovechar las gambas, son frescas». A lo que él, que padecía un principio de claustrofobia, pero no quería que Laura lo supiese, propuso empezar también el vino.

Era la primera vez que cenaban juntos, de modo que, ¿por qué no hacer de aquel momento algo especial? Ella sacó las velas aromáticas y dispuso una en cada esquina del compartimento. Él consiguió abrir el vino, empujando el tapón con un bolígrafo, hasta hundirlo en la botella. Tenían hambre, así que devoraron el tartar de salmón con chips de chirivía, la lubina al carbón, el arroz chaufa con chipirones y la ensalada de espinacas y endivias rojas. No les cupo el brownie, ni el helado. Estaban más que satisfechos.

Botella y media de vino después tenían la lengua despierta. Se confesaron sueños, temores y esperanzas. También intercambiaron situaciones patéticas y risas. Cuando él señaló que su trabajo lo tensaba, ella se ofreció a darle un masaje en el cuello y en los hombros. Y cuando ella le contó que se pasaba el día de pie y que, si pudiera, se quitaría los pies al llegar a casa, él la descalzó y se los amasó con cuidado y cariño.

En cierto punto de la velada, Jaime puso canciones añejas de Billie Holliday y Laura propuso que bailaran lento, apretados en el espacio reducido que dejaban las velas y los restos de la cena.

Era una cita perfecta, hasta que el ascensor se puso en marcha y se abrieron las puertas. La novia de Jaime y el último ligue de Laura fueron las primeras caras conocidas que volvían a ver tras el incidente. Preocupados, extrañados, se lanzaron a abrazarles y a preguntarles si se encontraban bien.

Antes de que cada cual entrara por la puerta de aquellos apartamentos colindantes, hubo tiempo para un último cruce de miradas y para un «Me lo he pasado muy bien, vecino». Y para un «Que tengas dulces sueños, vecina».