1175. LA FRASE
Carlos Cassinello Bailén | Panerowsky

Qué suertudo me sentía.
La conocí a última hora y ya fuera del bar, que es la hora y el lugar donde se puede dar la magia.
A primeras me pareció una niña pija, pero su locura no tardó en atraparme. De esas chicas pequeñas de estatura, pero tsunamis de carácter. Conectamos enseguida.
Hablamos de música en común. Iba de una canción a otra en su móvil sin dar tregua ni tiempo para cantarlas.
Le dije de apurar la última en un antro veterano, ese tipo de sitios donde andan algo relajados con eso de las leyes. Me agarró del brazo y nos encaminamos. Eso me encantó.
El antro estaba cerrado, pero no lejos divisó algo que por su luz y por la expresión de ella- y también por las horas y condiciones, para qué negarlo- cobró propiedades casi sobrenaturales: un fotomatón. Se adelantó para inspeccionarlo y darle el visto bueno. Volvió corriendo hacia mí como una niña llena de felicidad y de un salto se enganchó en mi cintura. Eso me requetencantó.
No nos aclaramos mucho con el cacharro. Al final el resultado fue una única foto, pero de gran tamaño, no la clásica ristra de fotos más pequeñas; condición que abortó mi primer intento de besarla.
Ella quería bailar. Yo quería evitar como fuese acabar en la discoteca de turno, así que, echando mano de un rápido comodín, le dije de ir a lo que se había convertido últimamente en el after del lugar: un 24 horas polivalente al que le habían ido añadiendo al fondo un espacio con asientos y algún que otro juego, y que bastante estaba durando para las que allí se armaban entre la chavalada.
No se podía entrar y ya no me quedaban comodines.
Había estado reacia con lo de venirse a casa, pero volqué todo mi argumentario y la acabé convenciendo. Se le había metido en la cabeza lo de ir para preparar tortitas. Yo sí a todo.
De camino le dije de parar en el último puesto de comida. Pidió unas patatas y le dije de imitar la clásica escena de los espaguetis de La dama y el vagabundo. Cuando llegué a su boca la intenté besar. Ella dio tal brinco que vi cómo se le caía alguna que otra patata. Se quedó petrificada y con la mirada perdida mientras aún sujetaba las patatas. Su cara era la de una niña que acababa de descubrir algo así como que los padres son los Reyes Magos… y fue entonces cuando soltó la frase: “Creía que eras gay”.