415. LA FUGA
LUIS JORGE TRIGUEROS | Chepi

Estaba de nuevo autoinvitado en la casa que mi primo Osquítar comparte con su novia Mari Pili. «Aquí todos me llaman Piluca, no me seas sinsorgo», me recuerda ella continuamente.
Volví a media tarde y me encontré el desastre: todo el suelo de la cocina lleno de agua que la lavadora escupía en posición de centrifugado. Hice un chiste mental con lo de “centri-fugado” y me dispuse a remediar tal desaguisado. Cerré la llave de paso, desmonté la tapadera del bote sifónico y barrí toda el agua hacia allí, rematando la faena con un fregado. Luego reparé con cinta americana el tubo de desagüe de la lavadora antes de volver a dar el agua. Necesitaba una ducha rápida.
Salí tapándome a medias con una toalla cuando escuché los gritos de Piluca jurando en arameo: el agua había vuelto a llenar el suelo de la vivienda.
—Vamos, no te quedes como un idiota, ayúdame bobalicón— me dijo mi medio prima con su cariño habitual, mientras ella tiraba al suelo todas las toallas y trapos que encontraba.
—Espera, es mejor si…
No me dejó continuar. Iba a explicarle cómo lo acababa de resolver, pero ella recordó todo el arsenal de insultos que tenía en la recámara y no me dio opción, por lo que decidí callar y ayudar.
Tras casi media hora de escurrir toallas, la cocina quedó medio decente, por lo que agradecí a “lamaripili” los ánimos que me ofrecía de continuo: «no te pares soseras, que pareces un mindundi…no me mires así, pareces una acémila con menos fuerzas que un alfeñique, bobo mequetrefe…». Sé que ella me aprecia, aunque “se hubiera vuelto medio loca porque cuando era pequeña yo siempre le pegaba grandes tirones de sus coletas”.
—¿Quieres un gin-tonic, prima?
—¿Pero tú vas a saber prepararlo, simplón?
Tras pegar de nuevo el tubo abrí el agua para que ella pudiera ducharse.
A los pocos minutos, bebiendo relajado en una silla de la cocina, volví a notar el agua correr bajo mis pies.
—¡Piluca sal pronto, la fuga sigue!
—Pues tráeme una toalla soseras, que aquí no hay ninguna.
¿Cómo iba a haber? Estaban todas por el suelo… Solo quedaba seca la toalla que yo llevaba todavía en mi cintura, así que dejé la toalla en el lavabo. Volvía desnudo hacia mi habitación cuando llegó mi primo, a la vez que ella salía del baño.
—Esto no es lo que parece, cariño.
— Parece que os habéis tenido que esforzar para recoger el agua de una fuga.
—Ah, pues entonces sí que es lo que parece.
Tras varios gin-tonics y explicaciones entre risas, nos dimos cuenta de que el suelo seguía lleno de agua. Entonces fue mi momento: «Dejadme a mí», dije decidido. Y volví a abrir el bote sifónico, a barrer el agua, a sonreír satisfecho.
Piluca esperó a tener contacto visual conmigo para felicitarme.
—Eres más tonto que Abundio. Mira que puedes llegar a ser ramplón. ¿Por qué no se te ocurrió hacerlo así antes, tontorrón?