138. LA GRAN BATALLA
JUAN NIETO CANO | TXOPYN

A las tres de la tarde de un tórrido agosto, nací yo. Menuda gracia tuvo que hacerle a la parturienta. ¿Un acto vil, o mi primera torpeza?
Más tarde, la dura pugna con mis dos primeros enemigos, los zapatos y sus infames aliados, los cordones. El zapato izquierdo siempre iba en el pie derecho y viceversa y los cabrones siempre desatados. Lento, yo diría que era lento.
Después, vinieron las gafas. No sé cuántas rompí por dejarlas en una esquina, en el suelo, mientras jugaba. Pensaba que estaban seguras, allí apartadas, protegidas por algún tipo de muro infranqueable.
La excusa para mi torpeza, es que mi cabeza estaba en otro lugar, inventado historias, jugando al fútbol, o pensando en el bocadillo que me iba a zampar.
Pasó el tiempo y fui a la Universidad y contra todo pronóstico me hice ingeniero informático y conseguí mi primer trabajo. Aquella aventura no podía terminar bien, el caos estaba asegurado. Cuando saboteé varios proyectos, me dijeron gracias y hasta luego.
Deambule por varios trabajos más, hasta que regresé al refugio de la escritura. Nadie me juzgaba por lo que hacía, al menos, hasta ver el resultado.
Fui y soy un zoquete, nunca puse freno a mi torpeza, sin trabas creció libre y se convirtió en una gran belleza. Mi fiel compañera, mi aliada, mi señora, siempre conmigo cuando meto el pie en un charco o piso el topo que vive en la acera de mi calle, también al comerme la tapa de queso de otra persona, en el bar. Juro, que sin querer, aunque cueste creerlo.
Hoy, después de derramar el café, como me ocurre en dos de cada tres ocasiones, pisar, otra vez, el topo que vive en mi acera, rozar el coche con el bordillo y caerme sobre las bolsas de la compra, me hice un bocadillo. Aunque se conocen desde niños, mis tripas, con su amenazante rugido, atemorizaban a mi cerebro. Pronto, reanudaron su amistad, a prueba de hambre.
Por la tarde salí a dar una vuelta y en mi paseo me crucé con un adonis, viva imagen de la perfección. Su paso era firme y decidido y el trompazo que se metió, al torcerse el tobillo, fue duro, fuerte y sin brillo. Le ayudé a levantarse y de un manotazo, cual insecto, me quitó de en medio. Me dio cierta pena que no aceptase su condición de zoquete, su negación era triste.
Me di la vuelta y continúe caminando mientras una luminosa sonrisa se posaba en mi cara. Era posible que muchos más tordos estuviesen ocultos y un día abandonasen las sombras y decidiesen salir a la luz. Yo partía con una gran ventaja, tenía la pauta de vacunación completa contra mi torpeza. Sería el Rey.
Una maravillosa sensación me inundaba, se avecinaba la gran batalla entre el ejército de los zoquetes del mundo y el de los seres perfectos. En ese enfrentamiento histórico, yo sería el general al mando de las torpes tropas.