299. LA GRUTA CAGARRUTA
Patricia Méndez Taberna | patrimenta

Dos cabras, un ciervo y un tejón. No era un mal botín. La sangre que goteaba de las lanzas señalaba el camino a casa. ¡Ah! Tenía unas ganas feroces de llegar a la cueva. Los gemelos Mika e Ilai cumplían 65 estaciones y habíamos preparado todo un festín.

—Sentaos, chicos. Quiero contaros cómo fue mi ceremonia de iniciación a la vida adulta. Yo era igual que vosotros. Un pasmado que creía que ya lo había visto todo. Un sopla-hachas, un pela-smilodones. Un pinta-dólmenes, vaya.

—Bueno, ya vale. Nos hacemos a la idea —dijo Ilai, ofendido.

—Sí, perdón. Continúo. Era tan mentecato que, un día, volviendo de la Gruta Cagarruta…

—¿La Gruta Cagarruta? —me cortó Mika—. ¿Dónde está eso? Pensaba que siempre habías vivido aquí, en Atapuerca.

Mierda. Me había ido de la lengua. Pero aún podía cambiar de tema.

—Mmm, bueno, llevo muchos años en Atapuerca, pero me crié en Penches. Donde los souvenirs de sílex. “Estuve en Penches y me acordé de ti”. ¿Os suena?

—¡Estás mintiendo! Se te levanta la ceja como cuando apuestas de farol en las carreras de bisontes. ¿Dónde está esa gruta? —insistió Mika.

Me atraganté con una costilla. La mera posibilidad de que Mika e Ilai descubrieran la Gruta Cagarruta me erizaba hasta la piel del taparrabos.

—¡Se acabó! Estáis imposibles, me voy a dormir. Disfrutad de vuestro festín para bebés grandes —y me retiré al colchón de paja.

Arponeado. Pasto de los leones. Desterrado a la llanura… O peor: esclavo de la mujer Alfa. Aquella noche no pegué ojo pensando en el funesto destino que me esperaba si descubrían mi indiscreción con la Gruta Cagarruta.

A la mañana siguiente, mis temores se hicieron realidad. Mika e Ilai habían desaparecido.

Transcurrieron un par de minutos hasta que sus ojos se hicieron a la oscuridad de la gruta. Después de eso, entendieron por qué la tribu se la había ocultado.

Las paredes estaban cubiertas por una suerte de pinturas rupestres. Pero los protagonistas no eran bisontes ni cazadores, sino unas caritas redondas y amarillas que representaban distintas emociones. Más tarde, terminé explicándoles que se llamaban emojis.

Les llevó horas descifrar aquel extraño lenguaje pictórico. Finalmente, lograron entender lo que la pared enmohecida quería contarles.

Hace miles de años, sus antepasados vivían en un mundo distinto. Las personas se transportaban a alta velocidad dentro de cubículos de metal y se comunicaban mediante aparatos pegados a sus orejas. Todo era muy extraño.

Mika e Ilai no podían evitar preguntarse cómo había terminado esa civilización en las cuevas que hoy habitamos. No los culpo, yo también me lo pregunté en su día. Y las mismas pinturas que ellos presenciaban ahora me dieron la respuesta.

Todos los artilugios que necesitaban en su día a día estaban alimentados por una energía llamada electricidad. En 2021 (hace ya 2000 años) los dueños de la energía eléctrica decidieron imponer un trueque más alto por esa energía. Su economía colapsó y el hombre tuvo que volver a las cavernas.