LA HABITACION
MARIA Del Carmen MENDEZ Mendez | IDHUNA

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Fuera llueve por tercer día consecutivo. La lluvia está haciendo horas extras. Pudiera ser que empezaran las inundaciones. Carla se registra en el motel junto a Tony. El coche en el garaje. El último mensaje aparece en la pantalla.

—«¿Te recojo en la disco, cariño?»

—«No te preocupes, mami, me quedo en casa de Susana a dormir».

Carla mira a Tony, tiene la nariz salpicada de pecas a causa del sol. Algo asimétrica la cara y algunos puntitos de acné. La dentadura brillante y apelotonada con unos brackets transparentes de nueva generación. Una sonrisa de anuncio. Los músculos se le han definido más desde la primavera, convencido por sus amigos para que pasara más horas en el gimnasio y menos con la videoconsola y el móvil. Tiene el pecho más ancho, piensa Carla.

A ella se le ocurre que puede acercarse más a él, tocarle la camiseta y besarlo. Desnudarse en esta habitación anónima. ¿Qué haría él? Le parece increíble que lleven un año compartiendo clase y cruzándose miradas. Mientras se observan, en Carla brota una calidez, una pasión que la empuja sobre la cama. Debajo de su vestido, recuerda el tacto de la mano de Tony en su rodilla cuando fueron al cine. Ahora, no hay tiempo para sensiblerías. Se hunde en la cama blanda de sábanas de lino y le dice que haga con ella lo que quiera.

Ella siente cómo el tacto de Tony nada por su cuerpo arriba y abajo, como un pececillo. Acaricia su tatuaje y le pregunta si le dolió mucho. Nada, dice ella. Tira hacia arriba del algodón desgastado de su camiseta. Delicadeza. A veces risas; otras, jadeos.

Tony se rasca el cráneo casi rapado con nerviosismo, cambia el peso de una pierna a otra. Sujeta la correa del cinturón ¿Estás lista?

Carla recuerda las cámaras y se siente actriz. Emula todos los gestos y gritos que ha ido presenciando en los vídeos porno desde los once años. Puede que para ella el placer sea más sencillo de lo que, al parecer, es para todas las demás chicas. Puede que esto sea solo una imitación, o puede que sea por ese deseo que siente desde hace un año.

Carla se arrodilla y acaricia el sexo de Tony. No puede mirarle a los ojos, los cierra. Se concentra y le oye aullar. Antes de conocer a Carla, Tony no sabía que podía ser feliz más allá de una hora. Había descubierto la euforia, la plenitud, tal vez incluso la seguridad. Ansía quedarse en la cama el resto de su vida junto a ella.

Unos perros desconocidos lloran tras la puerta. Carla la abre y les rasca el cuello. Su pelaje, empapado de lluvia. Toma una toalla y los seca. Era incapaz de este gesto tan solo hace un año por su miedo animal y desorden de ansiedad generalizada.

—Bueno —dice Tony mirando su teléfono—, parece que la hamburguesería de la esquina está abierta y ha dejado de llover.