1051. LA HIENA
Laura Sales Candela | Laura Candela

Sabía que era algo que tenía que controlar. Se lo habían dicho sus ex-novios, profesores, padres, amigos, abuelos, primos, tíos, primos segundos, tíos segundos, compañeros de clase, compañeros de piso, camareros, contables, peluqueros, viandantes… Se lo habían dicho todos. Menos sus jefes. De algún modo nunca se lo había notado un jefe. Tampoco  lo había notado ningún compañero de trabajo. Quizás era porque le permitían trabajar con auriculares y se pasaba los días escuchando música, lo que minimizaba su interacción con los demás. O tal vez era porque aún no había recibido ninguna mala noticia en su oficina. Todavía no había llegado el momento de que descubrieran que cuando recibía malas noticias, le entraba la risa. Cual psicópata. No lo era. Pero podía parecerlo, ya que no se trataba de una risa sutil, sino que se iba encanando y por eso le habían apodado «La Hiena «. Detestaba ese mote, pero sabía que, de alguna manera, se lo había ganado a fuerza de reírse en funerales, rupturas, caídas, robos… 
“¿Te parece gracioso?”
No, la verdad es que no le parecía nada gracioso, pero a la gente le cuesta empatizar con quien acostumbra reírse ante las tragedias. Y a ella esto le parecía de lo más trágico. Le había costado demasiadas relaciones, disgustos e incluso alguna que otra mudanza. Pero sabía que hoy se arriesgaba a que, por primera vez, le costara un despido.  
La noche anterior recibió un email comunicando que la empresa iba a convocar una junta y anunciar ciertos despidos, ya que estaban en crisis. Preferían hacerlo en una reunión conjunta, en pro de la transparencia.
Menos mal que recibió el email en casa y que lo leyó en la más absoluta intimidad, porque le saltaron las lágrimas de tanto reír. Incluso el vecino tuvo que llamar a la su puerta para que dejara de armar escándalo. 

Sabía que era algo que debía controlar. Y hoy era el día en que por fin lo iba a lograr. Se había mentalizado. La noche anterior se había vaciado. Ya no le quedaban más carcajadas que soltar.  Además, ahora jugaba con ventaja. Desde que comenzó la pandemia, llevaba mascarilla. Algo que, obviamente, facilitaba la situación.También llevaba sus auriculares inalámbricos con una sesión de hipnosis. Hoy sí. Hoy tenía todo bajo el más absoluto control. 

-Como sabéis estamos en crisis… 

No hizo falta más. Estalló una irreprimible carcajada. Una risa espantosa. Estridente. Chillona. Hasta parecía tener eco. Pero, no, no era eso. Un chico, en el que jamás se había fijado demasiado, rompió a reír contagiado por ella. ¡Sus carcajadas se habían armonizado!

Mientras, todos en la oficina los observaban con horror. Ella no había reparado demasiado en…¿Luis? ¿Se llamaba así? Pero hoy le parecía de lo más atractivo. 

¡Despedidos! Atronó la voz del gerifalte.

Recogieron sus pertenencias entre carcajadas. Se miraron cómplices. Una vez calmados, llegó una sonrisa a la que siguió un roce. 

– ¿Un café?

Sabían que era algo que tendrían que controlar.