393. LA HISTORIA DE DON PEYOTE DE LA RAYA
Rafael Blasco López | Longino Tinto

Usando cuatro tablets como casco y celada, cientos de carátulas de móvil por armadura, un portátil como escudo y una antena parabólica por lanza, con su barba hipster y escasas grasas corporales, «don Peyote de la Raya», un trastornado por el consumo de todo tipo de drogas y videojuegos, cabalgaba su mountain bike,
de nombre «Imperiosa», con los mandos de una Play Station pegados al manillar con cinta aislante.
Le acompañaba un albañil en paro desde el inicio de la crisis del ladrillo, mostrador de hucha desde el inicio de la rabadilla. «Sincha Bola», doble apodado por dos motivos: su desahucio y la extrema redondez de su panza. También le seguía Beatriz, lozana moza de generosas carnes y pechos siliconados, rescatada de las mafias de la prostitución por don Peyote en el club «Azucar», bautizada por su caballero como «Dulcebea del Goloso». Ambos circulaban en similares monturas a las de su señor, que les prometió cumplir sus sueños.
Después de que don Peyote fuera derribado por las aspas de un molino eólico, el trío puso rumbo a Ibiza, lugar del que tenían referencia de varios afters, paraísos de la fiesta eterna.
Ya en la tierra ansiada, encontraron en la puerta de un castillo llamado «Pachá», a un temeroso gigante defensor de la entrada, llamado «Ciclón» por el excesivo consumo de esteroides. Tras negarles el paso alegando su deplorable indumentaria, don Peyote encabritó la montura y abrió su «Pequeña Manchega», una navaja de Albacete con siete muelles que puso en fuga al coloso.
Dentro del local, danzaron y rieron hasta las últimas fuerzas, siendo aplaudidos al ser confundidos con una atracción del lugar. Viendo su popularidad, el gerente les invitó a su despacho, en agradecimiento, les obsequió con unas bolsitas de polvo blanco. Don Peyote, al que solo le movían las causas justas, ordenó a sus compañeros que lo apalearan por tan innoble acto como es la tacañería, mientras expropiaba la recaudación del día: un kilo de material blanquecino, cientos de pastillas y diversas tarjetas de crédito y joyas. Con un botín infinito, repartió parte entre la multitud de bailarines, que gritaba enloquecida de admiración.
Transcurrieron meses intensos viviendo como virreyes de la isla, terminando por confundir la noche con el día y la fiesta con la realidad. Don peyote acabó enfermo en el hospital por el abuso de sustancias ilegales. Cuando el doctor confirmó que le quedaban horas de vida, pidió sus alforjas y repartió sus posesiones con la extrabajadora de rotonda, que lloraba desconsolada, y Sincha Bola, antes de exclamar las últimas palabras: «¡Vive Dios amigo Sincha, de la locura nace felicidad y de una quimera, justicia!»