La Iglesia
Manuel Esrada Navidad | Joresal

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Mi familia vivía en la casa más alta de la calle. Al otro lado estaba la iglesia. Yo tendría siete años y desde mi ventana veía entrar hombres, casi siempre con expresión tosca y vulgar. También veía desde una de las ventanas de arriba a mujeres sonrientes, con las caras maquilladas de yeso y los ojos pintados de alquitrán.

Había días que se formaba una fila de hombres de todas las edades frente a la puerta. Se turnaban cada rato, unos entraban y otros salían. Algunos con cara de satisfacción y otros con cara de decepción. En cuanto se hacía de noche, la puerta dejaba de tener vida y las luces del interior sucumbían. Todas menos una. La última de la izquierda de arriba cobraba vida, las luces se encendían y apagaban cada poco rato, a pesar de que desde mi ventana no veía a nadie esperando en la puerta de la iglesia. Cuando mi madre me pillaba mirando, se enfadaba, me cerraba la ventana bruscamente y me empujaba a la esquina de la habitación. Decía que era un depravado, que los niños de mi edad no debíamos vigilar a la gente, y menos a los de la iglesia. Yo le preguntaba por los hombres de abajo y por las mujeres de arriba. Pero nunca me aclaró qué pasaba en la última habitación de la iglesia.

En cuanto mi madre se fue a dormir, yo subí la persiana y observé el ajetreo de los hombres del piso de arriba de la iglesia.  Aquella noche no debí hacerlo. Esa noche la luz no se movía. De la ventana de la iglesia colgaba una cabeza inerte, como si fuera la bola chupada de un caramelo. Sus brazos flácidos colgaban de la ventana, y un líquido rojo violeta se desprendía, gotas a gota, hasta el suelo de la calle. En la penumbra, una sombra se movía de un lado a otro del espacio de la ventana, justo detrás del fiambre. Un grito desgarrador salió de mi garganta, como el fiero ronquido de una gacela, y vi cómo se apagaba la luz de la habitación del piso de arriba de la iglesia. “Le ha apagado la luz al muerto“, pensé para mis adentros. Si ya da miedo la oscuridad, imagínate encima estar muerto. Farfullé algo parecido a mamá, que sonó a un quejido. Mi madre me encontró temblando y angustiado.

—¡ Mamá!, hay un hombre colgando en la ventana de arriba de la iglesia.

Ella miró y, medio rezando, dijo que era la ventana de los vivos y la luz de los muertos. Permaneció quieta un minuto y la cerró de golpe, dejando que el canguelo se apoderara de mí.

Desde mi habitación, nunca volví a ver luz en la ventana de arriba de la iglesia. Cincuenta años más tarde, entendí por qué mi padre venía siempre tarde de trabajar y por qué mi madre no quería que mirara por la ventana. Solo sé que, desde ese día, mi padre nunca volvió del trabajo.