1322. LA IMPUNIDAD REAL
Miguel De la Paz Rego | Lewis Payne

El rey Carlos X observaba atentamente el papel que su sabio consejero le enseñaba. En él había dibujado un retrato de un hombre de pelo negro, con finos bigotes curvados y la expresión de un malvado. El señor Felipe, que tal era el nombre del consejero, no dijo nada al entrar, ni mientras sujetaba la hoja en las narices del rey.
—¿De que se trata? —preguntó al fin el rey, que se apoyó de nuevo en el respaldo de su cómodo trono.
—Ya sabe lo que es —respondió Felipe de mala manera—, no se haga el tonto, que de tonto no tiene ni un pelo.
—¿Y que quieres que haga? ¿Qué pague al hombre o mujer que ha hecho este maravilloso retrato de mi persona?
—¡Por favor! ¡Pero que clase de conducta es esta en un rey!
—No sé de que me hablas buen señor.
—Como siempre nadie os ha reconocido —Felipe comenzaba a irritarse de verdad, pero logró controlarse—. Eso iría contra nuestras leyes, nadie esta por encima de vos, mi señor.
—Si eso era todo —repuso el rey con desdén—, podéis iros.

El consejero se retiró de la sala enfurruñado. Nuestro querido rey ya tenía el plan perfectamente estudiado, también las ganas y por supuesto los zapatos, que nunca falte un buen zapato, para huir tras realizar una fechoría. El plan era hacerle una broma a Felipe y destruir el retrato para que no hubiese pistas de su verdadera identidad. A modo de disfraz se puso el monóculo que solo usaba en fiestas importantes, pero que, a su parecer, lo hacían parecer otra persona completamente distinta. Accedió a la habitación de Felipe sin ninguna complicación, el propio guardia le abrió la puerta, y dentro, destruyó el retrato que reposaba encima de su escritorio, quemándolo con el fuego de la antorcha más cercana.
Felipe, al que le gustaba cenar en su habitación, volvía de las cocinas sujetando lo que era su comida favorita, puré de patatas y lomo de cerdo. Llevaba también un vaso y una jarra de agua en la bandeja y con paso apresurado recorrió el pasillo que daba a su habitación. Al final del pasillo vio su puerta abierta, y extrañado, entró muy despacio, empujando la puerta con el pie. El rey, escondido detrás de la puerta, aprovechó para salir de su escondrijo y acercándose a la oreja de Felipe le gritó: ¡Viva el rey monóculo!
El repentino grito hizo sobresaltarse al consejero, al que se le cayó la bandeja al completo. El rey salió corriendo, y Felipe lo siguió hasta el salón del trono. Allí se quitó rápidamente el monóculo y se sentó en el trono con la respiración agitada.
—¿Querías algo mi querido Felipe? —El rey se mostraba indiferente, pero su voz era pausada, para tomar bocanadas de oxígeno.
—Es usted un impresentable —dijo Felipe indignado.
Y con esta frase se fue, dejando de nuevo solo al rey, con una sonrisa maquiavélica y una expresión triunfal.