LA JAULA CON LA PUERTA ABIERTA
Roser Feliu Latorre | Calzone

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El balanceo de las perchas huérfanas de su ropa parecía guiñarle un ojo. También buscaba su complicidad la blancura de las paredes, rota por el atrevimiento de unos temerarios clavos que seguían bien rectos, aun sin nada que sujetar. ¡Cuánto ocupamos, las personas y los electrodomésticos! En resumen, dijo el joven agente inmobiliario demasiado perfeccionista y engominado, este apartamento huele a lejía y a soledad, pero nos interesa. Ella, en cambio, olfateaba el enorme oxígeno presente, incrédula de comprobar que el tesón de sus muñecas hubiera evaporado su olor nauseabundo. Se sabía acunada por el sonido constante, que para el tasador resultaba demasiado cercano, de un tráfico ajeno a todo. Su mano parecía de barro al coger la estilográfica de acero que le ofrecía. Un garabato puede cambiar una vida, pensó.

El oscuro rellano donde había pasado demasiadas noches, aturdida y miserable, quedó atrás. También el buzón donde, cuando apenas eran unos adolescentes, habían dibujado, con un bolígrafo que perdía demasiada tinta azul, sus nombres. Fueron náufragos en un recuadro gris.

Antes de intentar poner en marcha el renqueante motor, ojeó por última vez la pantalla. Su cita mostraba una mirada penetrante y una expresión sombría que resultaba muy atractiva. Por un momento, se regodeó en la idea que él la viera con otro. En las tardes de domingo, acurrada con «ése del anuncio» encima una manta de borreguillo en el sofá y una embriagadora atmósfera de salchichas baratas y grasientas palomitas de colores. Venciendo su insomnio permanente junto a un cuerpo que, aun siendo tan distinto al suyo, se acabaría volviendo faro. Fundiéndose en un abrazo recorriendo el Camino de Santiago por vacaciones, con un agotamiento solo superado por el júbilo de lo cumplido. Definitivamente, sonrió, él lo odiaría.

La imagen preciosa y llena de vida del móvil no podía ser quién tenía delante. Una procesión de puntos negros le sujetaba la comisura de los labios y le llegaba hasta los ojos que, con pupilas dilatadas, la miraban interrogativamente. La sangre, seca y oscura, había traspasado el vendaje de su oreja derecha, que se movía tambaleante, junto con el resto de su cuerpo cojo.

¡Pasa, la puerta está abierta! gritó una voz falsamente animosa. Te presento a Fritz, continuó con el timbre grave de quien tiene demasiado interiorizado el fracaso. Se llama así porque parece una mezcla de Pastor alemán, lo usaron como sparring y lo que no ves es que tiene dos costillas rotas y un miedo atroz a vivir. ¿En serio quieres adoptarlo?

Ella estampó diligentemente su firma sobre el papel. Y fue en ese efímero instante cuando comprendió, tocándose un punto entre sus pechos que le dolía al respirar, que ambos saldrían juntos de la jaula con la puerta abierta.