LA LAVANDERÍA
ANNA CLAUDIA ARRUFAT TRAVER | Anna Claudia

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A mi perra se le ocurrió anoche la brillante idea de mearse en el edredón justo antes de irnos a dormir. De repente ha llegado el invierno a Madrid y los resfriados están a la orden del día. Dos pastillas de ILVICO y dos cafés después me encuentro sentada en la lavandería de autoservicio del barrio. Menos mal que los ventiladores ya no se encienden cuando detectan movimiento. Ha entrado un chico y ha metido su ropa en la secadora directamente, quizá no tiene espacio para tender en su casa o ya hace frío y con la humedad la ropa no se seca igual. Lleva una camiseta, pantalón corto y chanclas. Le habrá pillado el frío de sorpresa o quiere sumarse a la moda del resfriado. Tendrá mi edad aproximadamente o eso aparenta. Tatuado y guapo. Ha sacado un libro y se ha puedo a leer, como yo. También alterna móvil y libro. Consigo ver que está leyendo Luces de bohemia. ¿Releyendo clásicos?. Me ha pillado y me ha preguntado si ya lo había leído. No recuerdo para qué pero me obligaron a leerlo, he contestado. Hemos empezado a hablar de los libros que nos obligaban a leer en la adolescencia y como esos clásicos que ahora disfrutamos en ese momento eran obras tediosas e interminables. No acabo de entender porque no nos obligaban a leer libros para nuestra edad, de romance y aventuras adolescentes, quizá hubiéramos aprendido algo. Cien años de soledad, el quijote, la casa de los espíritus, no creo que estén escritos para leerse por obligación en aulas de secundaria. La conversación se ha vuelto interesante y al finalizar su máquina secadora, me ha propuesto seguir charlando en el bar de al lado. Estoy viviendo la versión cutre de antes del amanecer, pero ni él tiene el sexappeal de Ethan Hawke ni yo el acento francés de Julie Delpy. Me suena la alarma, voy a por el edredón. Ha pagado los dos cafés y me está esperando fuera de la lavandería. De pie, mirándonos, alargando el momento de la despedida para ver si el otro da el primer paso hacia ese beso de una primera cita. “Ha estado bien”. “Sí, he disfrutado”. “Bueno, a ver si volvemos a coincidir otro día”. Y como en Serendipity, no sabemos más allá del nombre de ambos y nos despedimos con la esperanza de que el destino nos vuelva a juntar en alguna lavandería. Hubiera sido una mañana de película si no fuera porque el chico que entró fue un señor, que deduzco vive en la calle, y al que he visto mear entre dos contenedores mientras esperaba que se limpiara mi edredón.