595. LA LEYENDA DE LA LUNA
Beatriz Escuin Castro | Bea

Hace mucho tiempo, vivía un viejo lobo que quería alcanzar el sol.
Él en particular no recordaba la última vez que se sentía feliz, enamorado… y se propuso buscar esas bonitas sensaciones antes de morir.
“El sol da vida a esta tierra. Hace crecer las plantas y nos calienta cuando hace frío… no hay fuente de felicidad más grande, ¡y debo llegar hasta donde se encuentre!” y sin más dilación, partió a donde sus instintos le indicaban.
Salió del bosque donde vivía, y tras horas caminando el lobo cayó en que no sabía por dónde empezar a buscar, pues había lugares que ni él mismo conocía…
Para entonces, algo golpeó su cabeza.
– ¡Ah, mi nuez! -y un pajarillo se posó frente sus patas, recogiéndola, para luego mirar a nuestro amigo, -oh, mis disculpas, ¿te hice daño?
Él negó con la cabeza, mirando a aquel plumífero animalillo. Su cabeza de repente pareció iluminarse.
– Un momento, -interrumpió, antes de que aquel pájaro echase a volar – ¿sabes por casualidad cómo llegar al sol?
– ¿Cómo dices? ¿Al sol? Pero, ¿por qué querría un lobo semejante cosa? -preguntó, casi riéndose.
– Eso no importa -gruñó, – sólo dime. Tú eres un pájaro. Tienes alas y te pasas la mayor parte del tiempo en el cielo, así que algo debes de saber.
– Ay, bueno… – y dirigió la mirada hacia el oeste- el sol se pone por allí. Echa una carrera e intenta llegar todo lo rápido que puedas antes de que desaparezca por el horizonte, pero ojo. Parecerá que se mueve lentamente, pero es justo al contrario probablemente ya te habrá ganado.
Al sentenciar esa última frase, el lobo inclinó su cabeza ligeramente, agradeciéndole, y sin más echó a correr, dejando atrás a un perplejo pajarillo.
El lobo dejó atrás campos, algún que otro bosque cercano, arroyos… no paraba, cegado por la exaltación, y echaba alguna que otra mirada al cielo para controlar su posición.
Pero por cada kilómetro que recorría, el sol le llevaba mucha ventaja, mostrándose arrogante. El lobo se sentía impotente e intentó acelerar. Para cuando quiso darse cuenta, había llegado a orillas del mar, y el sol se estaba ocultando tras él.
Abatido, nuestro amigo se dejó caer en la arena.
“¿Y ahora qué?”, pensó, ‘‘He perdido la carrera, y está anocheciendo, no tengo dónde refugiarme…
El lobo cerró los ojos, dejándose llevar por sus miedos, pero entonces una tenue y reconfortante luz se abrió paso, brindándole al lobo una sensación de paz.
Era la luna.
Había escuchado sus lamentos, y se apiadó de él, ofreciéndole su brillo plateado para reconfortarlo.
El lobo alzó la cabeza, admirándola. Jamás se había percatado de lo hermosa que era, como una estrella de fulgor infinito que le daba esperanzas, y se encontraba tan cerca…
Satisfecho con lo que encontró, y con sus últimas fuerzas, alzó su cabeza y cogió aire con pesadez, y aulló, lleno de gratitud, vinculando su alma con ella.

Cuenta la leyenda, que había un viejo lobo sin nombre ni pasado que partió en busca del sol.
Pero se enamoró de la luna.