LA LLUVIA
Cesar Olmos Lasso | Cesar Del Olmo

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El reloj marcaba las 19:00 y Pablo, tras sentir un leve dolor articular en el pulgar, los ojos resecos y un hastío generalizado luego de pasarse más de una hora deslizando su dedo de derecha a izquierda o viceversa en la pantalla de su Tinder, decidió: “Necesito un poco de aire fresco”.

Se calzó su chaqueta vaquera, sus converse blancas y, como no quería peinarse, cogió su gorra de la suerte y se lanzó escaleras abajo.

Absorto en sus pensamientos y en la música de Lana del Rey que sonaba en sus cascos, no dejaba de pensar en lo rápido que había transcurrido el tiempo desde que llegó a Madrid hacía ya dos años y de cómo aquella sensación de euforia, optimismo y realización que sintió poco a poco se fue transformando en indiferencia, descontento y soledad.

Bajaba andando tranquilamente por la calle Molino de Viento, cuando una gran gota de lluvia se estrelló de repente contra su nariz. Subió la cabeza y, aunque ya era prácticamente de noche, pudo ver el cielo cubierto de densas nubes que mezclaban varios tonos de azul y negro, y antes que pudiera siquiera pensar en la frase “¡no me jodas!” miles de gotas se precipitaron al vacío en una vertiginosa carrera hacia el suelo.

Pablo corrió calle abajo y se refugió bajo un toldo a rayas blancas y negras de un bar, esperando a que el diluvio parase, pero llovía a cántaros. Al girar la cabeza se topó con un cartel de neón rojo que ponía “OPEN” en el escaparate y pensó: “¿Por qué no?” Y entró.

Tras cruzar la puerta divisó un rincón con un sofá y una mesa baja frente a él y decidió que sería un buen sitio donde esperar que la tormenta amainara. Se aproximó velozmente y se dejó caer en el sofá con un suspiro de alivio. La luz era tenue, Pablo algo torpe, y al levantar la mirada, la vio: Frente a él se encontraba una chica de tez pálida con un aire etéreo y misterioso. Sus ojos eran de un azul intenso y con un brillo acuoso que dejaba entrever su tristeza; en sus manos sostenía un vaso de cristal lleno de hielo y hojas de hierba buena.

-¡Hola!, perdona, no te había visto – le dijo Pablo.

-Hola, no te preocupes – contestó ella tímidamente.

Pablo sintió una extraña sensación de calma y su instinto le pidió a gritos quedarse.

-Me llamo Pablo – le dijo, estirando su mano hacia ella

Ella lo contempló desconcertada, pero decidió seguir el dictado de su intuición: Yo Beatriz – respondió, extendiendo tímidamente su mano para entrelazarla con la de él.

-¡Anda Pablo y Betty! como los Picapiedra- exclamó él.

Ella soltó una carcajada.

Esa noche tuvo sabor risas, a nachos, a anécdotas, a ilusión y vermuts. En algún momento la lluvia acabó, pero lo que ellos crearon esa noche fue eterno.