1003. LA MADRE DE MIS HIJOS
Elena Bethencourt | Salinger

Entró por la puerta del banco con un movimiento de caderas capaz de cambiar el eje de rotación de la tierra. Se humedeció los labios y miró alrededor. Su saliva refrescó la sucursal entera. Al abuelo de la boina del fondo se le quedaron los ojos varados en sus piernas. El bebé acostado en el capazo movió los labios en posición succión y, en ese momento, decidió que era hora de comer, no de echarse la siesta. Al chico de vaqueros —que hasta ahora no había levantado los ojos del móvil y que no había visto una mujer así en su vida ni en bajada tampoco— le entró una mosca por la boca abierta.
Me miró. Yo me quedé anclado detrás de la caja, como un muñeco con el culo pegado a la banqueta, rezando para ser el afortunado que atendiera a esta clienta.
Cogió un número y se sentó en uno de los sillones, entre un hombre paralizado de la impresión y una señora con bigote que ya la odiaba sin conocerla.
Mientras saldaba recibos proyecté mi futuro con ella. En minutos, la llevé a cenar, fuimos a ver las estrellas, nos casamos en la ermita de mi pueblo, en la luna de miel retozamos como adolescentes en playas desiertas. Tuvimos un niño y una niña, dos perros, una moto, una casa con piscina y una furgoneta. A los sesenta años terminamos de pagar el último recibo de la hipoteca.
En el mundo real de mi sucursal bancaria, los números seguían pasando: 100, 110, 130. Finalmente llegó su turno mientras yo aún atendía a la señora del bebé que, justo por no conseguir el objeto de su deseo, había entrado en modo “rabieta”. Vi a la mujer de mis sueños levantarse y moverse como una sirena en un mar de ballenas. Se dirigió al puesto de Andrés, el de prácticas. Oí un estruendo dentro de mi cabeza, eran los castillos que me había hecho en el aire que explotaban y caían en pedazos minúsculos como granos de arena.
Miré a mi colega con envidia, estaba con mi futura esposa, la madre de mis hijos, la amante maravillosa que me quitaría el sentido y las penas. ¡Oh, dios mío! Se alejaba sin conocerme siquiera. Quería seguirla, explicarle que yo era el hombre de su vida, preguntarle su nombre, quedar para nuestra cena.
Cuando el bebé dejó al fin de berrear, corrí hacia la puerta. El abuelo de la boina quiso cortarme el paso con el bastón, pero se cayó y se abrió la cabeza. La señora de bigote se mareó al ver la sangre. Llegaron seis policías, dos ambulancias y veinte enfermeras.
El chico del móvil aprovechó para grabar la escena. En minutos fuimos «trending topic» y los memes sobre mí dieron la vuelta al planeta.
Mientras yo preguntaba enloquecido si mi amada se llamaba Luisa, Lola o Lula, todos señalaban la viga en el techo. Ya pensé que me iban a colgar cuando vi la cámara oculta.