La mancha de café en su blusa
María Pérez mera | Maria

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​La mancha de café en su blusa intuía su nerviosismo, estaba en la cocina preparando su almuerzo para irse a la oficina, sabía que aquél día no sería nada bueno.



​No quería reconocerlo pero en el fondo sí sabía que algo no marchaba bien, el comportamiento de su hijo empeoraba y de nuevo apareció esa terrible sensación de ansiedad.



​Las horas en el trabajo se le hacían eternas, quería volver a casa, pero por otro lado mantenerse lejos de su casa le reportaba mayor satisfacción.

​ La policía se presentó en su despacho, ese miedo volvió a aflorar en ella, tenía la cara desencajada.

​.-¿Sra. LLanez?.

​.-Si caballero, soy yo. Gritó ¿Qué ha pasado?.

​.-Sra. Debe acompañarnos.

​.-Pero ¡por favor! Díganme, qué ha ocurrido.

​.-Debe usted venir con nosotros, se lo explicaremos por el camino, cálmese señora.

​Cuando llegó a su casa estaba toda la calle acordonada, lleno de policías y una ambulancia aparcada en la puerta.

​Entró corriendo a su casa, en la cocina tirada en el suelo, llena de sangre estaba su pequeña. Destrozada se tiró a su lado, lloraba y hablaba a la vez.

​.-Yo lo sabía, mi pequeña, tenía que haberte protegido, teníamos que estar muy lejos de aquí.

​El esposo de la señora se encontraba en el salón custodiado de agentes. Su hijo de unos 14 años estaba sentado a su lado.

​.-Sra soy el agente que lleva el caso, salgamos fuera y me explica porqué le decía esas palabras a su hija.

​Todo apuntaba a que el marido era el culpable del asesinato, ya que cuando llegaron se lo encontraron agachado con su manos alrededor del cuello de la niña, y manchado de sangre. No dijo nada a la policía que le preguntaban qué había ocurrido. Sólo pronunciaba unas palabra “ he sido yo”, “he sido yo”.

​La Señora más calmada no pudo mentir más, ya no podía esconder más lo que años llevaban callando.

.-Mi marido no ha sido señor agente, sólo quiere encubrir lo evidente. Pero prométame una cosa, no le hagan daño, prométamelo.

Ellos dos sabían que algo andaba mal, que su hijo mayor no se comportaba como los demás niños. No era la primera vez que se lo encontraban en el pasillo con un cuchillo en la mano, y un gato muerto en la otra. Otras veces cuando lo despertaban por la mañana se lo encontraban lleno de cortes por todo el cuerpo. La última vez fue mucho peor, estaba en el cuarto de su hermana, recostado sobre ella. Cuando se levantó tenía en su mano las tijeras y un mechón de pelo, no había rastro de sangre. Pero sus ojos expresaban una locura, una posesión que daba escalofríos con tan sólo mirarle.

Señor agente sé que ha sido mi hijo. Un niño, en este caso, el mío, es como un preso en su propia cárcel, encerrado en su propia locura.

.-Él dijo: “¡No, no, mil veces no!” cuando su mujer estaba confesando. He sido yo, sr. agente, no la escuche no sabe lo que dice.