95. LA MANSIÓN DE FRANKENSTEIN
José Ramón Ramos Martínez | Auroch

Una fina llovizna caía sobre el pavimento encharcado y una gruesa capa de nubes ocultaba un cielo plomizo y gris. El viento soplaba racheado y hacía que todo mi cuerpo se estremeciera con cada ráfaga. El tiempo parecía estar en concordancia con mi estado de ánimo. Me encontraba al otro lado de la calle frente al edificio que, a pesar de ser de día, me daba la sensación de estar sumido en una ominosa oscuridad. Me parecía estar observando la casa de los horrores y hasta creía ver espíritus y fantasmas entrando y saliendo de sus ventanas. Se me antojó la mansión del doctor Frankenstein con los rayos convergiendo en la azotea como instrumentos de sus espeluznantes ensayos. En mi imaginación, hasta me parecía escuchar de vez en cuando los gritos y alaridos de dolor de seres torturados en su interior, presas de lobotomías, trepanaciones e infinidad de inhumanos experimentos.

Me armé de valor y crucé la calle en dirección a la puerta. Había esperado encontrarme con una gruesa aldaba en forma de mano de esqueleto o cara de diablo, sin embargo junto al marco había un botón que cuando lo pulsé sonó con una agradable musiquilla. Los segundos se me hicieron eternos hasta que la puerta se abrió sin el más mínimo chirrido siniestro como había esperado. Tras ella apareció ataviada con una bata una persona que mi sugestión asoció con la imagen de Igor, el ayudante del doctor, pero en versión femenina. Me hizo pasar a un vestíbulo en el que hube de esperar algún tiempo.

No me atreví a sentarme, reflexioné sobre lo que estaba haciendo allí y me vi tentado a salir corriendo por la puerta, pero ya había retrasado aquello demasiado tiempo. “Igora” vino de nuevo a buscarme y con un gesto me indicó que la siguiera. Su sonrisa me pareció la de una bruja que conduce a su incauta presa hacia el caldero. Mis piernas temblaban cuando me dirigía por un pasillo hacia el santuario de todos mis temores. La mujer me hizo sentar en una silla negra mientras el doctor Frankenstein manipulaba en un rincón su instrumental. La ayudante abatió el sillón y yo me vi tumbado casi en horizontal mientras el pánico subía por mi garganta. Ya me imaginaba al doctor extirpándome alguna parte del cuerpo para acoplarlo en el cadáver de su monstruo. Me pareció ver su sonrisa malévola mientras se acercaba a mí con un aparato metálico brillando en cada mano. Al fin, con voz amable me dijo:
Bueno, ¿Cuál es la muela que tenemos que sacar?

Minutos más tarde, la ausencia del dolor que había padecido hasta entonces me hizo sentir el ser
más optimista del mundo. El sol brillaba cuando salí de la clínica dentista. O eso me pareció.