846. LA MANZANA MECÁNICA
PILUKA ORTIN SÁNCHEZ | "TINTA"

No entendía que aquella niñata tuviese más “likes” que yo. Para mi marido era la hija perfecta, pero para mí no era más que una hijastra insufrible. Su pelo negro y sus labios rojos eran difíciles de superar. Ni los filtros rejuvenecedores conseguían que estuviese a su altura.
Tenía todo organizado. Sebastián, el chófer, la llevaría al aeropuerto y la empaquetaría en el primer avión que volase al otro lado del mundo. Me traería su móvil y yo misma me encargaría de destruirlo.
Al poco tiempo me enteré de que el móvil que me trajo Sebastián no era el de Blanca y que jamás la llevó al aeropuerto. El que aplasté frenéticamente con mis tacones por no poder encenderlo, no era el suyo.
Colgó en su red unas fotos junto a siete hombres bajitos. La ubicación era una aldea a cien kilómetros de casa. Parecía una secta. Llevaban gorros extraños y tenían las narices muy rojas.
Pasé a la acción. Tenía que conseguir su móvil. Me disfracé de dulce ancianita y le ordené a Sebastián que me llevase allí.
Cuando llegué estaban los ocho coreando una canción absurda, mientras caminaban en fila india. Parecían incluso felices. No entendía nada.
La imagen fue bochornosa, me costaría bastante eliminarla de mi disco duro.
Caminé por el bosque haciéndome la desorientada y lloriqueando hasta llamar la atención de Blanca.
Enseguida vino a mi encuentro. No me reconoció. Me consoló y me ayudó a enderezarme. Saqué de mi bolso un móvil con el logo de una manzanita. Le propuse cambiarlo por el suyo ya que no me manejaba bien con él. La tentación fue tal al ver aquella fruta plateada, que no lo dudó ni un segundo. Al fin tenía en mi poder aquellas fotos horrendas en las que sólo brillaba ella y colgaba sin mi permiso. Las eliminaría todas.
Lo último que se de ella, es que vendió el móvil de la manzanita y ayudó a los hombres bajitos a comprar herramientas para el campo. Una enigmática princesa rural se cruzó en su vida y se enamoraron.
Se unió a ellos y los nueve viven en la aldea. Son felices y comen perdices.