LA MÁQUINA DEL TIEMPO
ELISA MONTOYA SANTOS | FRESNO GUITIÁN

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LA MÁQUINA DEL TIEMPO



—Te dije, Ilushi-ila, que ese barco maléfico nos traería complicaciones. El castigo de Ishtar será implacable.

—Deja de quejarte, Ibal-pi-el, y graba en tu memoria lo que ves. A nuestro regreso tendremos que contarlo todo a los sacerdotes del templo de Abu.

—Esta vez, has ido demasiado lejos, joven inventor.

Dos hombres de corta estatura y prominente nariz, ataviados con largas túnicas, se internaron en un bullicioso mercado. Cohibidos, miraban atónitos a su alrededor. Hablaban entre ellos en una lengua incomprensible y el más joven horadaba un trozo de barro con un puntero. Calle abajo se podía ver el azul del ancho río que circulaba lento entre el amarillo de la tierra y el blanco de las casas.

—Allí está el barco —dijo uno de los hombres—. Es nuestro río.

Mientras el hombre más viejo se estremecía ante la vista de un Tigris transformado y de una ciudad irreconocible, el joven parecía disfrutar con las novedades.

Al doblar una esquina, se toparon con un grupo de personas que trabajaban, con picos y azadas, en un montículo de arena. Recogían y limpiaban piedras con un pequeño cepillo. La minuciosidad del trabajo llamó la atención de los hombrecillos de la túnica. De pronto, el viejo Ibal-pi-el observó algo, emitió un sonido de sorpresa y agarró la manga de su compañero:

—Mira, es el Palacio del Norte de la ciudad. ¡Apenas quedan algunos muros en pie!

El joven tampoco salía de su asombro. Miró un cartel erigido cerca del montículo, e intentó descifrar lo escrito. De nuevo, la información se daba en dos idiomas: “Excavaciones de Tell Harmal. Ciudad de Bagdad”.

El joven se acercó y fue reconociendo lugares de su ciudad, la que habían abandonado apenas unas horas antes en aquel barco diseñado por él. Descubrió los restos de su casa y su calle, de su parque y su escuela, en la que dos hombres limpiaban con mimo fragmentos de tablillas de escolares. Preguntó en su lengua ininteligible y no obtuvo respuesta. Comenzó a gritar de sorpresa y de rabia. Los alaridos sacaron de su rutina a uno de los trabajadores.

—Mohamed —se dirigió al encargado—, este alemán se ha vuelto loco.

—Qué va a ser alemán, ¿no ves que es pequeño y moreno? —Se giró hacia Ilushi-ila—. Eh, tú, narizotas, ¿qué miras?

El joven balbuceó. El encargado pensó que se estaba burlando y se abalanzó sobre él con el pico en la mano.

—Estoy harto de extranjeros que no respetan nuestro pasado.

Ilushi-ila esquivó el golpe y salió corriendo.

—Vámonos, Ibal-pi-el; bajemos hacia el río.

Las túnicas de dos hombrecillos a la carrera flotaban por la calle Jamia´a. Llegaron al río, se subieron a un barco y levaron anclas. El joven accionó una palanca y una tupida niebla borró los contornos. El barco se esfumó.

—Viejo amigo, regresamos a nuestro tiempo. No diremos nada a nadie, ni siquiera a nuestro señor Hammurabi, gran rey de Babilonia.

—No me gusta el futuro.

—A mí tampoco.