215. LA MARCA DE LA JUSTICIA
Patricia Tomás Sáez | Fe de Rata

Erasé una vez un pintor tan afamado que salía en todas las revistas del corazón, hasta el día en que le dio un infarto. Sus parientes más cercanos vendieron la exclusiva en forma de esquela y los paparazzis demandaron a la familia por competencia desleal. El hijo menor del pintor se llamaba Pluto. Pluto era un abogado cuya causa causaba asombro, y tenía el genio de mil demonios, pero siempre ganaba los pleitos. La hija de Pluto se llamaba Justicia y era ciega. Justicia había heredado las dotes del abuelo para la pintura, y pintaba a tientas. Cuando cogía la brocha, realizaba una inspiración profunda, que le causaba una creatividad honda, y se abstraía en cuadros figurativos nunca vistos. Decían de ella sus allegados que, en el fondo, provocaba a las musas.
Pluto y Justicia no salieron de su asombro cuando se leyó en su presencia el testamento del pariente en línea ascendente: ¡Los herederos de toda la fortuna pictórica eran los paparazzis! Pluto instó al instante una reclamación de la fortuna, pero no tuvo suerte. A partir de ese día, empezó a estudiar la carrera de paparazzi. Entonces, de los pinceles de Justicia comenzaron a brotar los cuadros del abuelo. Pluto no se lo explicaba; llegó a pensar que la niña estaba poseída por el viejo demonio. Sucedió que el retrato que le había hecho un día su padre pasó a manos del hijo de un marchante de arte apodado «el manco».
«El manco» era el mejor padre del mundo. Este profundo sentimiento filial le llevó a distinguir el cariño con que se había pintado la obra en cuestión: No se trataba de amor de padre sino de complejo de Edipo. Y llevó el caso hasta los tribunales. Fue tal el revuelo que creó la sentencia, que Justicia adquirió mayor fama que el abuelo. Y sus cuadros cuadruplicaron el valor de los de éste. Se hizo una marca en el reverso para distinguir unos de otros, pues todos estaban firmados con el mismo garabato. Nunca imaginé que una simple marca llegara a valer tanto dinero…