LA MARCA DEL SEÑOR.
Antonio Aguilar Martí | Malcolm T. Cruz

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Queriendo sorprender a su invitado, el señor pide la botella que reserva para las ocasiones especiales, aquella que compró basándose en la lista de precios del catálogo. Cuanto más caro, más bueno… pero esto no es lo que cuenta en las reuniones. Él prefiere alardear de haber encontrado aquella discreta bodega en uno de sus viajes por el sur de Francia. Mientras cuenta por enésima vez la misma historia, el criado en la bodega observa las marcas en la etiqueta indicando el nivel del líquido y comprueba que, desde la última visita, faltan tres dedos de brandy. No pensaba que había sisado tantos tragos. Rápidamente, busca el coñac de cocinar y un embudo, pero antes, coge la botella buena, empina el codo llevándola los labios y glucs, glucs, glucs. Relamiéndose, ajusta el embudo en la botella, la rellena y acude solemnemente al salón, llevando el encargo en la bandeja de plata. “¡Adelante, probemos ese néctar!”, celebra el invitado, levantando una ceja al sentir el aliento del criado, quien, con el puño en boca, disimula un ligero regüeldo saturado de olor a madera añeja. El invitado, bizcos los ojos por la que le cae encima, prueba la bebida, mejunje en realidad, y decide callar. Hace de tripas corazón, apura su copa y, prudentemente, rehúsa llenarla otra vez. El señor da un gran trago a su copa, saca una pluma estilográfica con la que hace una nueva marca en la etiqueta y, complacido, le pide al criado que la devuelva a su sitio, quien se retira lamentando que ya no vale la pena sisar de esta botella y tendrá que buscar el modo de que el señor abra una nueva a fin de mes, a más tardar.