LA MEDIADORA
María Candelaria Ruiz Pacheco | Mocana

Votar

Subo por la escalera para que el sonido del ascensor al abrirse no alerte de mi presencia, procuro meter la llave en la cerradura con el máximo sigilo pero el “Yurena, bonita”, que suena a mi espalda, revela que las precauciones han servido de poco. Mi vecina Adela, con la puerta entreabierta y la mitad superior de su cuerpo alongada hacia el rellano, empieza a hablar sin respiro.

–No sé qué le pasa a Ramón conmigo. ¿Sabes que ni resuella? Solo le presta atención a la tele. La comida que le preparo con tanto desvelo no la prueba. No entiende que ya paso de ochenta y como yo falte a ver quién lo va a cuidar. Anda, mi niña, entra y dile algo, a ver si a ti te hace caso –dice sin esperar mi respuesta, abriendo la puerta de par en par.

Es la primera vez que me invita a su casa. Me da la espalda y se pone en marcha a paso lento. Me detengo ante la alfombra impoluta del recibidor para no pisarla. Me descalzo y sigo a la mujer en calcetines. Ella ni se percata, absorta en su monólogo.

–¡Ay, Yurena! Qué suerte haberte oído llegar. Seguro que Ramón a ti sí te escucha.

La sigo, curioseando de reojo la vivienda. Huele a comida recién cocinada. Recorremos un largo pasillo, cuadros a un lado, puertas cerradas al otro, mientras me pregunto qué voy a conversar yo con un hombre tan parco. Al fondo se escucha el soniquete de la tele. Llegamos a una estancia luminosa. Una gran pantalla cubre la pared izquierda, en frente, dos sillones confortables; uno de ellos lo ocupa, lívido, Ramón: la cabeza ligeramente ladeada sobre el hombro, la boca entreabierta, la mirada perdida, la mano derecha aferrada al mando. A su lado, una mesita auxiliar abarrotada de menaje y comida es la nota discordante en la pulcritud que envuelve todo. La boca de Adela sigue parloteando sin parar.

–Ahí lo tienes, Yurena. Ya ves el caso que me hace. Te dejo con él, entretanto voy a terminar de preparar el almuerzo…

Me cubro la boca con una mano para contener el grito y con la otra marco temblorosa en el móvil: uno, uno, dos. La voz al otro lado va pidiendo información, apenas puedo articular las respuestas. Quiere saber cuánto tiempo ha pasado del deceso. Balbuceo algo, dudo, mi mirada repara en el desorden de la mesa y mi cerebro empieza a descifrar la secuencia de platos, vasos, tazas y cubiertos. Sin poder retener las lágrimas me escucho responder:

–Hace un almuerzo, una cena, dos desayunos……