La mesa del rincón
Pilar Castillón Adán | Pilar

Votar

La ciudad brillaba bajo el resplandor de las luces de neón, como si estuviera vestida para una ocasión especial. Entre todo este bullicio, en la calle principal, dos personas se encontraban en la puerta de un exclusivo restaurante. Vestidos con sus mejores galas, su mejor perfume y su mejor sonrisa. De lejos se podía sentir los nervios, sus caras de ilusión y las ganas de que saliera bien.



Era una noche de verano, de esas en las que refresca y es agradable pasear. Una brisa suave jugueteaba con los mechones de cabello de ella. Se miraron e intercambiaron sonrisas tímidas que revelaron mucho más de lo que se puede expresar con palabras.



Los saludos fueron tímidos al principio, como dos desconocidos que intentaban descifrar los secretos del otro con cada gesto, cada palabra. Él rompió el hielo y con un gesto cortés le extendió la mano invitándola a entrar al restaurante. Llevaban días planeando este encuentro, pero una vez allí ninguno se sentía preparado, todo era insignificante en comparación con la emoción e incertidumbre que sentían en sus corazones.



Un amable camarero les recibió y les acompañó a la mesa que estaba reservada bajo el nombre de Rodrigo Gónzalez. Era una mesa encantadora, situada en un rincón de la sala, adornada con velas y rodeada por un sofá rojo aterciopelado. Rodrigo había insistido que le reservaran una mesa especial, esa en la que se fijó hace años cuando visitó el lugar. La mesa la ocupaba una pareja joven que compartían risas y confidencias. Desde ese día se prometió a si mismo un día ocuparla él y seguir llenándola con la magia que ese día le transmitió.



Con la esperanza floreciendo en su pecho, deseaba llevar a esa chica especial a ese mismo lugar, para poder escribir juntos una historia única llena de amor y complicidad. Y allí estaba, ella junto a él, sentados, frente a frente.



Envueltos por el aroma tentador de la comida y el murmullo de la gente a su alrededor, comenzaba su noche juntos. Entre risas nerviosas y confesiones honestas, comenzaron a compartir historias de sus vidas, descubriendo coincidencias que parecían demasiado perfectas para ser simples casualidades.



Inmersos en su burbuja, disfrutaron de una cena exquisita. Ella no podía parar de reír y en algunos momentos su cabeza evadía la realidad para imaginarse un futuro junto a él. Y es que los nervios del principio se fueron transformando en una atmósfera de complicidad y confort, donde cada risa compartida y cada gesto amable consolidaba el vínculo entre ellos.



Pasaron las horas y el joven camarero que les acompañó a la mesa les tuvo que avisar que estaban a punto de cerrar. Él la llevo a casa y antes de bajarse del coche se despidieron con lo que ambos llevaban desando toda la noche un beso, un beso que sellaba el inicio de una nueva historia llena de emociones y posibilidades, dejando en sus labios el dulce sabor del amor recién descubierto.