1524. LA MUCCA, LA VACHE Y LA VACA
Jorge Cabezas Moreno | Martha Birger Keller

Jorge Casi Albino, feo y atractivo, infantino, salvaje y reflexivo, apura en bucle cigarrillos en vaivén que encadena hasta el filtro. Atesora las colillas en un cenicerito nervioso custodiado en su bolsillo.

“No llega, esta vez sí la he liado, se habrá arrepentido, me arrepiento hasta yo, qué narices tengo, suplicarle que viniera, él nunca llega tarde, lo estará haciendo adrede, ¡no!, él no es así, ¿o sí?, ¡no!, encima paranoico, harto me tengo, normal que él también esté harto, estará viniendo harto ya de mis sabidas, sobadas excusas, bufff, cómo jarrea, qué majo el camarero, tremendo, por cierto, ¿ya estamos?, si te pica, te rascas, pero tú solito, lo entendió enseguida, ¿por qué siempre tengo que explicarles mi vida a los desconocidos?, me aguanta la mesa diez minutos más, le he perjurado que en nada está aquí, un taxi, metro averiado, la lluvia…, ¿y si le ha pasado algo?, el móvil apagado, lo está haciendo adrede, para castigarme, porque me lo merezco, me lo me”

Arrojado cual león por la calle del mismo nombre, Yvan De Ébano, guapo y atractivo, tierno, travieso y primitivo, coge la calle del Prado doblando el chaflán y se traga figuradamente a Jorge, quien, ignorante de su llegada, desertaba impetuoso el lugar y se traga literalmente la colilla mientras, abrazados, resbalan aparatosamente quedando tendidos y enfrentados sobre el granito, previo coscorrón occipital de Jorge, obstaculizando así la puerta de “Lamucca”.

– ¡Ahhh… la vache…! -ríe Yvan, dolorido. Jorge se incorpora súbito y tose estrepitosamente tratando de expulsar el filtro atorado en su garganta: resuelto y preciso, Yvan lo alza y le hace la maniobra de Heimlich: escupida en un eructo, la colilla planea para impactar sobre el rostro barnizado de una señora emperejilada que pasaba: -¡¡¡Cerdo!!!

Jorge se deja caer al suelo y rompe en llanto, aturdido por el golpe y el pánico. Hipidos desconsolados: -¡¡¡Perdóname…, nunca más… volveré… a hacerlo…, no quiero… perderte, soy… un… cabestro, nunca más… te… pondré los cuernos…!!!

Yvan, que lo ha acompañado en su descenso, le tapa la boca con la mano suavemente: -Shhhhhhhhhhhhhhhh… -le susurra con dulzura al oído.

Quedan así, pecho contra espalda, ojos cerrados, cabezas juntas, meciéndose casi imperceptiblemente, empapados bajo la lluvia indolente, impermeables a las miradas curiosas y a comentarios crispados, chuscos o azucarados que se van alejando: -¡Vaya dos pedazos de marico…! / -Bueeeno, salvada la vida y hechas las paces, podrían también idolatrarse un poquito menos en medio, ¿no…? / -Ay, qué monos, tía……

El camarero tremendo, testigo original, enjugándose lágrimas de lluvia con una sonrisa que conservará toda la noche, interrumpe el beso apasionado de un chaval y una chavala que se magrean junto a la puerta, ajenos al mundo, y los acompaña al interior del local: -Se me liberó la mesa……

Pasa un ángel.

Luego, tres hilanderas: joven, madura y vieja, cogidas de la mano.

-Seamós paguéjá abiégtá.
– ¿¡Cómo…!?
– No quiegó pegdégté. No más méntigás. Y… me apetese.
– Ah… Pues… ¡me lo tengo que pensar!

Yvan estalla en una carcajada estupefacta: -Non mais, franchement, mec… ¡Qué vácá égués!