365. LA MUCCA
Lucía Rodríguez Mourazos | Six

Mejor sería empezar por la parte positiva, pero no la encuentro. Con el tiempo no lo descarto, pero ahora solo puedo contaros el resto.

Vivo en un tercero con ascensor deportivo, me refiero a biplaza. Salvo los del ayuntamiento –por suerte– cualquiera que use nuestras escaleras aprecia que su estrechez no deja dudas sobre el cumplimiento de la normativa vigente. Para que os hagáis idea, cuando cambié el combi, tras un siniestro total, dos toques de chapa y tres intentos fallidos de subirla convencionalmente, contraté a una compañía de mudanzas. Avisa al presidente de la comunidad, que no lo entiende porque su mujer sube a diario –sin comentarios–. Paga portes, vado provisional, tasa de ocupación de calzada y grúa elevadora. Ahhh, y el combi. Cuadra agendas de los que entregan la nevera y los de la mudanza, que solo recogen a pie de calle. Pensionistas y curiosos se apuntan espontáneamente. A las 11:30 teníamos más público que un Madrid-Barça. Ni un solo jubilado del barrio quería perderse el evento. Yo dudaba entre cobrar entrada o vender packs de mascarilla y gel hidroalcohólico. Aunque piénsalo… un positivo en esa acera y se cuadra la caja de pensiones.

Comienza la intervención. Dos operarios en la calle desembalan, otros dos esperan para subirla a la grúa y dos más en casa desmontan ventanas. De esa parte nadie había hablado, ni voy a hacerlo yo, por prescripción del cardiólogo. Digo yo, con tanta gente, casi mejor hacen un castell y la suben a pulso por la fachada. Pero los hombres de ahora no son los de antes, ya no quedan butaneros que suban a un quinto con una bombona en cada mano, el gas ciudad ha hecho mucho daño… mucho daño.

Cubren la nevera con un par de mantas, no sé si porque la mañana está fresca, porque hay mucho rarito o por proteger secretos tecnológicos como en F1. La aúpan a la plataforma elevadora y comienza el debate. Que si ponla así, que si asa, que si sujétala de esta manera o de la otra. Yo, desde arriba, miro y callo, pero la gente opina hasta desde las ventanas. Ahora me fijo, balcones más llenos que en los aplausos del confinamiento. Suena el teléfono: mi madre. Lo veía venir. “No te pillo liada verdad nena…” y sin respirar ni derecho a réplica me cuenta lo que me cuenta. Lo mismo, el cardiólogo no me deja entrar en detalles. Cuando cuelgo el combi está en la cocina, el parqué tiene cuatro arañazos y en el pasillo faltan dos puertas, pero los operarios apuran unas cervezas que había en la nevera vieja. En fin, propina y a la calle.

Dicho lo dicho y entendida la situación, hoy llego a casa y me encuentro una vaca en el rellano. Cualquiera se preguntaría cómo llegó hasta allí. Yo no, por alguna ventana, lo tengo claro, solo me estresa saber cuando se la van a poder llevar y lo que me van a sacudir por ello.