1347. LA MUJER DE MI VIDA
Rubén Rodríguez Poncetta | Roderic

LA MUJER DE MI VIDA
Hubo una mujer que podría haber sido mi mejor compañera, de esas que, con la cabeza en su sitio, se eligen para toda la vida. Fue una de las más divertidas, inteligentes y sensibles con las que tuve relación, una de las más permisivas en el sexo y solidaria en lo cotidiano; tal vez la que mejor podría haberme entendido y ayudado en lo que hago, alguien con quien podríamos haber creado algo sumamente original, buena persona, confiable en todos los sentidos, fiel y buena amiga.
Siendo así, ¿cómo es posible?… ¿por qué no estoy con ella?… Bien. Lo digo (desgraciado de mí).
Nunca dormí con un camionero, ni con un pez serrucho, ni con un hipopótamo, pero los fundo en mi imaginación, concibo un nuevo ser y conjeturo cómo podría roncar la explosiva mezcla de estos tres animales.
Así roncaba ella.
No era un sonido humano; lo juro por mi familia y por el afecto de todos mis amigos. Aquellos ronquidos nacían con violencia desalmada, brutal. En medio de la oscuridad y el silencio metían miedo, tenían consistencia, ocupaban espacio físico, sus vibraciones se transmitían a los objetos sólidos, eran sonidos en 3D, se podían tocar, desplazaban las mantas, arrugaban las sábanas, te echaban de la cama, destrozaban los nervios. La noche se me hacía interminable entre palmadas y chasquidos de lengua para cortar ese flujo de ruido asesino. Era imposible conciliar el sueño porque su roncar ni siquiera era constante: según la posición – o lo que soñara, no soy un especialista – variaban la frecuencia y el tono. Cada tanto, unos segundos de mudez daban la impresión de que el fragor había acabado, pero no, era sólo que ella, ángel mío, ha-bía dejado de respirar para tomar impulso y descargarse con un ronquido de mayor ferocidad y varios kilociclos por segundo más que todos los anteriores.
Algo verdaderamente demoledor.
Se sorprendió y se ofendió cuando le expliqué porqué no podíamos seguir (le dije la verdad); lo tomó como un insulto, como una muestra de la debilidad de mi carácter, como el mero capricho de un niñato malcriado, pero no era así, se trataba de mi salud. Con ella a mi lado nunca pude descansar, ni estando agotado pude hacerlo, ni durmiéndome antes que ella llegué a conseguirlo.
Aunque sé que no aceptará mis razones porque intuyo que su herida sigue todavía abierta, confieso que aún hoy sigo enamorado de su persona, de su humor, de su sonrisa, de las arrugas que el tiempo le ha dibujado en la cara. Pero me aterra pensar en amanecer a su lado. Cuando lo hago vuelve el eco de sus ronquidos y me espanto.
Lo siento. No tengo la fortaleza física ni el valor suficiente para dejarme afligir con esa forma de tortura.