1417. LA NUEVA ÍNSULA
Francisco Tejedo Torrent | ERIZO

LA NUEVA ÍNSULA

Sancho —mandato de don Quijote— cruza el Atlántico hasta su isla prometida.
Tiene que ponerse a las órdenes de un asesor de imagen. El susodicho le parece un cantamañanas, pero ningún gobernador que se precie mueve un dedo sin su visto bueno.
El primer día, el asesor, míster Kerlín, lo levanta temprano y, a las órdenes de un entrenador personal, le hace correr por la orilla de la playa.
—Una horita de footing —dijo el míster— no os vendrá mal, porque como máximo mandatario de la isla del Gobernador no podéis aparecer en público con esa facha de gordinflón.
Malicia Sancho, más rojo que un ababol tras la carrera, que lo peor está por llegar: «En una mañanita fría y nubla, ¡quién me manda a mí zascandilear a esas horas! ».
Mientras despacha los asuntos de gobierno, se relame pensando en el banquete. Como gobernador, pide al cocinero que le prepare una olla podrida; y después, unos gazpachos galianos. Con el hambre que trae, a consecuencia del correteo matutino, dejará el plato más limpio que una patena.
El asesor de imagen le espeta que no querrá que los comensales se vean envueltos en una competición de regüeldos y vomitonas.
—Dejad, excelencia, que yo me encargue, pues sé muy bien qué se acostumbra por estas islas. Ya conocéis la sentencia «cuando a Roma fueres, haz como vieres».
«Sí, —cavila— más vale el necio en su casa que el cuerdo en la ajena. Y yo estoy ahora en una nueva ínsula Barataria que no conozco de nada».
Con el menú recomendado, el gobernador Sancho termina el banquete con más hambre que un perro callejero.
Le apetece de repente pasear alrededor del palacio, pero no al trote y en calzones cortos, como le obligó el maldito entrenador personal. La isla no es grande y la recorren en un par de horas.
—Os puedo parecer pelmazo —comenta el asesor mientras deambulan—, pero me licencié en Princeton, que equivale, en vuestra tierra, a doctorarse en Salamanca o en Alcalá.
Cuando llegan al norte de la isla, Sancho se queda pasmado, al ver otra isla, ocupada por una enorme ciudad con rascacielos.
—La ciudad que nunca duerme —declara el asesor—.
—Y vos, que sabéis más que el bachiller Carrasco, podéis decirme por qué he llegado hasta esta isla.
—Los hispanistas norteamericanos descubrieron que no había ninguna ínsula Barataria en el río Ebro, pero casualmente aquí poseíamos una: Gobernors Island. No podíamos tener una isla del Gobernador sin gobernador. Y os hemos traído.
Barrunta Sancho que míster Kerlín debe de ser un allegado del mago micer Merlín. Su isla está al sur de la famosa isla Manhattan, pero ahora le interesa husmear la que divisa enfrente, la de la Libertad.
«Sí —discurre Sancho turbado—, esa que tiene una giganta con una antorcha, a la que sospecho que don Quijote va a ser incapaz de derrotar».