852. LA OFERTA
Miguel Ibáñez de la Cuesta | Kurz

Rechazó el ofrecimiento mediante un gesto. Por tercera vez. La verdad era que la situación empezaba a hacerse incómoda. La moqueta, el aire acondicionado, la secretaria con su voz de asistente virtual, todo aquello le provocaba mareos, y unas ganas inmensas de salir al aire libre.
Incluso habían echado ambientador para disimular el olor a azufre. Un detalle. Como si a él le molestara eso.
Molesta era la mirada de aquel tipo. No podía disimularlo: le miraba como un lobo con pretensiones de gourmet al cordero lechal que va a devorar.
-Sólo pienso en tu bienestar, créeme. No hagas caso de lo que hayas oído por ahí. No son más que prejuicios. Y tú no eres así. Tú eres creativo. Independiente. Alguien que no se deja impresionar por mojigaterías.
¿Cuándo le había autorizado al tuteo? ¿Es que ya no quedaba educación en el mundo? ¿Y en serio pensaba que le iba a convencer con aquella labia de chalán, de buhonero pasado por el sastre?
Pero el caso es que allí seguía aguantando aquello.
-Una firma. Todo lo que tienes que hacer es firmar.
Sonrisa de tigre que se enjuaga con menta. Ademanes de jabalí que ensaya gestos amistosos.
-Y tu vida cambiará para siempre.
¿Qué sabía él de su vida? Cuando se le había acercado para ofrecerle un pacto, había accedido a tener una reunión con él porque nunca se sabe. Eso era todo. Aunque tenía que haber desconfiado del sujeto desde el principio, con aquel lenguaje ampuloso, aquella cortesía envolvente con la que intentaba hechizarlo como quien echa adormidera en la copa del que quiere despojar.
-Además es todo muy sencillo, como ya te he explicado. Win win, ja, ja. Tú utilizas tus habilidades y yo las mías. ¿Te imaginas a dónde podemos llegar juntos? Sinergia a tope.
Y el rostro se le descomponía en un gesto maléfico que era casi lujurioso.
Aquel fue el momento en el que decidió que ya no iba a aguantar más.
-No -le dijo Mefistófeles mientras se levantaba-. No me interesa hacer tratos contigo. No quiero firmar ese papelucho que me ofreces.
Y salió del despacho. Antes de cruzar la puerta vio la cara del famoso constructor reflejada en el cristal. Era la cara de quien no entiende nada.
Aún tuvo ganas de decirle: Hay olores peores que el azufre.
Pero no merecía la pena.