LA ORDENADA VIDA DE PALMIRA Y ERNESTO
Ricardo Hierro | Ujo Taruelo

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Ernesto y Palmira se conocieron en una sucursal del Banco Popular. Era uno de marzo. Las ocho y cinco.

Todos los primeros de mes Ernesto acudía bien temprano a actualizar el estado de su cartilla. Lo de Palmira resultaba algo más excepcional. Cuando Ernesto apareció en su vida cartilla en mano, Palmira cubría su cara con una media de nylon y sostenía entre sus dedos una recortada con la que amenazaba a la cajera. Estaba de lo más atareada atracando aquel banco.

Las miradas de Ernesto y Palmira se cruzaron un segundo, tiempo sobrado para que una nube de algodón viajara repetidas veces entre ambos. Repicaron las campanas en el pecho de uno y otro, se alzaron las trompetas, cayó el confeti de todos los colores y una palmera de fuegos prorrumpió sobre sus cabezas. Se habían enamorado.

En medio de la confusión y la huida, Palmira encontró la ocasión para susurrar a Ernesto unas palabras: <>



Ernesto y Palmira volvieron a encontrarse al día siguiente en el sitio que ella había propuesto. Al pie de la pérgola china.

A los pocos días ya estaban viviendo juntos en un apartamento pequeño que mira a la bocana del puerto. Los días de verano, cuando son de brisa, la veneciana que protege el mirador del dormitorio se mece hacia adelante y atrás. Entran retazos de sol. Traen olor a mar. La casa huele también a colonia de niños. Ernesto se ocupa de esos niños. Los asea y repeina para que vayan presentables a la escuela. Les mete en sus carteritas la merienda. Cuando se queda solo, friega el baño, plancha la ropa y saca a pasear al perro.

Palmira habla de vez en cuando de sus anhelos: un futuro tranquilo, un chalet en la playa. A Ernesto le gustaría que Palmira abandonara su profesión, pero no se atreve a pedírselo. Teme que algo se resquebraje entre ellos. A fin de cuentas, la conoció atracadora.



Cumplen ocho años de casados. Ernesto ha elegido un restaurante caro.

−Quiero que lo dejes –le dice a Palmira a los postres.

Ella no ofrece resistencia. Le dice que un golpe más y abandona. El chalet en la playa y se acabó.

Ernesto, para celebrarlo, toma una cucharada de helado y después otra.



En su último día como atracadora, la Policía le da el alto a Palmira. Conduce un coche robado. Al final ha cometido un desliz. Le caen varios años de cárcel.

Ernesto se sume en la zozobra. Se olvida de limpiar la casa y envía a los niños a la escuela greñudos sin pasar por el jabón.



Hoy Ernesto se ha levantado temprano. Está decidido a actuar. Recorre en su coche familiar la distancia que le separa de la capital.

−El chalet en la playa –repite.

Acaba de entrar en un banco. No lleva la cartilla. En cambio, se ha cubierto la cabeza con una media tupida y apunta a la cajera entre los ojos con una recortada.