La paleta
Alejandro Ruiz Picazo | Eliaden

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Ha sido un error. Jorge está ya sentado en la mesa del restaurante italiano. El ambiente impregnado de olor a masa madre y a salsa boloñesa traspasa la mascarilla que aún es obligatorio hasta el momento de la ingesta.

“¿Qué voy a hacer cuando me la tenga que quitar para comer? Seguro que un diente menos salta a la vista y Sandra saldrá corriendo, huyendo de un torpe mellado”.

Saca el móvil para consultar la hora. Debe de estar a punto de llegar, es demasiado tarde para poner una excusa. Entra en el chat que mantiene con ella. Han hablado bastante en los últimos días. En su foto luce una sonrisa preciosa. De esas que hacen que no pienses con claridad. Antes de darse cuenta ya estaba proponiéndole conocerse en persona.

Si sólo hubiera espera una semana más, sólo una semana y ya habría pasado por el dentista a ponerse esa maldita paleta superior. Un incisivo que se cobró la puerta atascada de su vecina. Se quedó atascada con ella dentro y Jorge fue a forzarla cual caballero andante. El trompazo le saltó el diente como un futbolista tirando a puerta. Su paleta voló hacia el hueco del ascensor y ¡GOL!

Menos mal que Encarna, su vecina sexagenaria, fue enfermera de joven y le ayudó con las curas a pesar de la situación con ese dichoso virus.

Sandra llega con su mascarilla puesta. Jorge puede ver su sonrisa en la comisura de sus ojos verdes. Se pone de pie, se adelanta y ella le tiende la mano. Él se echa hacia atrás y va a estrechársela cuando es ella la que se adelanta. Acaban dándose un incomodo abrazo.

El camarero llega para aliviar la tensión y ambos se sientan a la mesa. Intercambian un par de frases con el camarero y piden algo de beber. Él tenso antes de su aparición, se deja en el cajón del olvido su diente perdido y se deja cautivar por la presencia de ella. La conversación fluye, como si se conocieran de toda la vida, como en el chat que ha pasado a ser refugio para ambos.

Jorge nota sudor en las manos. Todo estaba siendo perfecto, teme que la falta de un minúsculo hueso lo eche todo a perder.

Ella tiene la mascarilla puesta y le mira con esos ojos que podrían derretirle por completo. Jorge se lanza, se quita la mascarilla y da un trago largo. Luego sonríe y ve como los ojos de Sandra se ensanchan ante la sorpresa.

—Lo sé, cuando te lo cuente te vas a reír. Prometo que tengo cita para el dentista…

Ella se echa a reír y se quita también la mascarilla. De su perfecta sonrisa destaca una ausencia. Le falta el mismo diente que a él.

—Tenía miedo de que salieras corriendo, yo también tengo cita con el dentista, prometido.

El resto de la cita fue genial. Los problemas y las preocupaciones nimias se diluyen ante la persona correcta.