913. LA PAYASA QUE PERDIÓ SU NARIZ
Eva María Vera Baños | Sabrina Evelyn

Hoy la payasa está triste. Desenfunda el móvil y marca un número al azar.
—¿Es aquí donde hay que llamar para hablar con un muerto?
Como un automatismo, le responden que se equivoca. Pero no desiste y sigue telefoneando números toda la noche. Necesita hablar con su abuelo. Por fin, alguien atiende su reclamo.
—¿Es aquí donde hay que llamar para hablar con un muerto? —repite una vez más.
—Sí, reina, es aquí. Soy la pitonisa Ana María Juárez. Encantada, corazón. Para ayudarla, necesitaré que me diga su nombre completo, fecha de nacimiento y la tarjeta de crédito con la que efectuará el pago, por favor.
—¿El pago?
—Sí, amor. Yo contactaré con el fallecido y le diré todo lo que quiera saber. Sólo le costará 2 euros el minuto. La tarjeta la pido en caso de que desee otros servicios durante la sesión, así no interrumpimos el trance.
—Pero yo no deseo otros servicios, solo saber dónde está mi nariz.
—¿Su nariz?
—Sí, la he perdido.
—Las narices no se pierden.
—Sí, yo no tengo ya la mía.
—Ya, ¿y cómo respiras?
—Bien, gracias, como siempre.
—No te entiendo. Y dime, ¿cómo puede perderse una nariz?
—Me estás pidiendo demasiada información, voy a tener que cobrarte 2 euros por detalle. Mejor me facilitas tu tarjeta, por si acaso, surgen más dudas.
—¿Me vacilas?
—No, solo quiero saber dónde está mi nariz.
—Vale, bonita, pues ya te he dicho que necesito tu número de tarjeta.
—¿Qué tiene que ver eso con mi nariz?
—Hablar con un muerto cuesta dinero.
—Mi abuelo no va a cobrarle.
—No, pero mi trabajo es hablar con los muertos y cobro por ello, así funciona.
—Prefiero hablar yo con él. Póngamelo.
—Pero esto no va así. Yo soy la médium.
—Pues yo seré la primérium.
—¿Cómo dices?
—Cuando mi abuelo responda hablaré antes que usted y seré primérium. ¿Así no me cobrará?
—Bueno, así el muerto con el que hay que hablar es tu abuelo. Corazón, ¿qué edad tienes?
—¿Me vas a cobrar por decírtelo?
—Claro que no, ¿puedes decirme tu edad?
—¿Y tú? ¿Cuántos tienes?
—Eso no importa. Soy mayor.
—Yo más—le responde la payasa.
—No te dije mi edad, no puedes saberlo.
—Yo tampoco te he dicho la mía y me has dicho que eres mayor.
—Ok, dejémoslo. Mira, si quieres que te ayude, lo que sí necesito es que me digas el número de cuenta.
—Pero no te quiero pagar hasta que compruebe que puedes hablar con mi abuelo.
—Claro que puedo hablar con tu abuelo.
—Claro que te diré el número de cuenta.
—Está bien, no sé por qué hago esto, no tengo necesidad, créeme, pero voy a hacer una excepción, ¿sí? Dime su nombre.
—No me acuerdo.
—No te acuerdas del nombre de tu abuelo.
—No. Es que ahora estoy nerviosa, lo tengo en la punta de la lengua pero no me sale. Acabo de perderle, ¿sabe?
—… (suspiro). Está bien, dime tu nombre.
—Dígale que soy su nieta.
—¿Y tu nombre es?
—El que me pusieron mis padres.
—Te advierto que estás agotando mi paciencia, no quiero más bromitas.
—No se lo va a creer pero ¡acaba de aparecer mi nariz! Gracias por su ayuda.