503. LA PEQUEÑA LUCY
GREGORIO AZCONA MARTÍNEZ | GOIA

La peste se extendió por todo el mundo, sin discriminación de fronteras, de género o edad, de religiones o ideologías.
Alí, el moro, perdió a toda su familia.
«Alá es grande» -se consoló piadosamente, prosternado de cara hacia La Meca.
En circunstancias similares tampoco blasfemó el viejo Job:
«El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó. Bendito sea el nombre del Señor.»
Un chucho bromista se rió de Alí porque llevaba bozal como un perro.
Y le dijo el chucho con sorna:
-Señor de adusto semblante, prefiero tener de amo a un alegre epicúreo.
La pequeña Lucy era una morenita de tres años con ojos de asombro, que casualmente pasaba por allí.
Le entusiasmó la palabra «epicúreo», aunque no sabía qué significaba.
Acarició al chucho y éste le devolvió la cortesía moviendo el rabo con gracia.
-Vamos a pasear, Epicúreo -le ordenó la niña.
Epicúreo la siguió porque era muy linda y le gustaron sus brillantes zapatitos de charol.
La peste mató también a su querida mamá.
Su abuela la tranquilizó:
-Ha ido al paraíso. Es feliz y allí te espera.
-¡Ah, vale!
Y preguntó a la abuela:
-¿Epicúreo también irá al paraíso?
-Siempre que se porte bien.
-Ya sabes, Epicúreo. No tienes que mofarte de la gente porque los demonios te asarían con patatas como a un cochino.
-¡Huy, qué miedo!
Un día Lucy vio en la calle cómo llevaban un féretro al cementerio y la gente vestía de negro y lloraba.
Asustada, preguntó a la abuela por qué lloraban y estaban tristes.
-Lloran porque el difunto ha sido malo en esta vida y va a ir al infierno.
-¡Ah, vale!
Otro día vio a una simpática familia de patos nadando en el río en fila india.
-¡Voy con mamá! -dijo lanzándose al agua, después de soltarse de la mano de la aterrorizada abuela.
Epicúreo también se zambulló en el río:
«Yo no me quedo solo en este perro mundo».