1353. LA PERICIA EN EL CAER
Francisco Sánchez Egea | Sephiroth

Imagine el lector un hombre brillante, perspicaz, resolutivo, sensible ante las artes, altamente capacitado en psicomotricidades fina y gruesa, amado hijo de la orgullosa madre que lo parió y no menos estimado por el padre que contribuyó a la causa con sucinto esfuerzo y escaso brío. Una de esas personas destinadas a ser recordada por los historiadores, sobre todo cuando no encuentren el dato que fundamente su teoría preconcebida. Ese tipo de gente que hace al marmolista esmerarse más que de costumbre, al saber que su obra será muy visitada. Alguien llamado a escribir… Bueno, usted ya me entiende.
El caso es que nuestro protagonista no es ese hombre. Tampoco podría considerarse su antítesis, porque damos por sentado que su madre también lo quiere y no somos nadie para cuestionar la profesionalidad de los escultores de lápidas. Es, simplemente, un inepto, el figurante del grito Wilhelm, ese típico guerrero al que atraviesa la primera flecha que lanza la horda enemiga, un nacido para perder que, desconocedor de su incompetencia y su mala estrella, camina por el mundo confiando en conseguir algo grande, seguro del triunfo final, mientras deja pasar el tiempo sin hacer nada para alcanzarlo. No es difícil visualizar a este cafre. Muchos somos así.
Al personaje principal de esta historia solo se le da bien una cosa: tropezar. Tiene el culo y los huevos pelados, literal y metafóricamente, de chocar contra todo. Con garbo, eso sí. Ha hecho del resbalón una filigrana y del traspié, una virguería. Es su vida una concatenación de caídas peligrosas y golpes aparentemente mortales. No obstante, jamás se ha roto un hueso, nunca le han cosido un punto quirúrgico, no sabe lo que estar hospitalizado. Por eso, aconsejado por su mejor amigo, aquel del que hablábamos al principio, escribe un manual titulado “La pericia en el caer”, donde enseña a rodar por las escaleras sin partirse la crisma o cómo golpear la pata de la cama para no dañar el meñique del pie, junto a cientos de instrucciones esenciales para sobrevivir en el día a día.
El libro es un éxito rotundo. “El que tropieza y no cae, adelanta terreno”, “Tu hijo también se trastabilla”, son algunos de los lemas que pueden leerse en grafitis, carteles y camisetas.
Ante el gran número de seguidores que cosecha, instado nuevamente por su compañero, crea la Asociación de Torpes Reconocidos que, como lobby, consigue el acolchamiento de todas las esquinas de la ciudad, un Plan local para el fresado de las superficies deslizantes y la sustitución del menaje puntiagudo en los edificios públicos, entre otros logros.
En el momento álgido de su fama le dice el hombre brillante: “preséntate a alcalde”; a lo que el torpe responde: “pues vale”.
Y ahí, en el colegio electoral, vemos al primero, genio de su generación, fiel defensor de la sofocracia, introduciendo su voto en la urna, satisfecho, tranquilo, convencido de que son otras manos las que deben dirigir el mundo.