La persiana a media asta
Irene López de Francia | Cetrino

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Era un día blanco de invierno. Acababa de terminar el otoño y sin embargo las aceras ya lucían un vestido de nieve largo e impoluto. Yo no quise mirar a la calle, tenía las persianas de mi habitación a media asta. Era la primera navidad sin el abuelo.



Llegó toda la familia con sus gorros navideños y sus regalos y yo no era capaz de esbozar una sonrisa. Estuve fijándome durante toda la cena en las expresiones faciales de mis padres, mis tíos y mis primos, escuchando las conversaciones, sus tonos de voz y sus molestas muletillas. Parecía que nadie se acordaba del abuelo. La situación era tan natural que parecía que él nunca hubiera estado, que nunca hubiera existido. Sólo yo notaba su falta.



Cuando todos acabamos, recogí la mesa junto a mi tía y en la cocina me dijo al oído que tenía un regalo para mí. Sacó de su bolsillo un pequeño cuarzo y me lo dio. El primer pensamiento que se me pasó por la cabeza fue ir corriendo al salón a enseñárselo a mi abuelo. Él y yo solíamos ir al campo a buscar piedras y minerales. Por un momento se me había olvidado que él ya no estaba aquí. De una forma natural me giré hacia el salón, pero justo en ese momento me di cuenta de que ya no había nadie a quien enseñarle nada. Fue como si la sensación de vacío y tristeza me atravesaran el cuerpo con la velocidad y eficacia de una flecha y me dejaran paralizada. Mi tía lo notó y me dio un abrazo muy largo.



– Yo también lo echo de menos, me dijo.



Rompí a llorar, pero el dolor en los brazos de mi tía era menos fuerte. Me secó las lágrimas con un pañuelo y me cogió la mano. Juntas volvimos al salón. Por la noche, guardé la piedra en mi cuarto y subí las persianas del todo. Ahora ya me apetecía mirar hacia la calle.