1578. LA PESADILLA
Laura Arenas Morán | LAW

Apagué el ordenador y me fui a acostar entusiasmada. Era la primera vez que me apuntaba a un curso de escritura creativa.

Mientras intentaba dormir, me imaginé entrando en la escuela. Un lugar inmenso y luminoso se abriría ante mí. Quizás, al fondo del pasillo, habría una librería repleta de libros y el olor a café recién hecho inspirarían mis ganas de volver a escribir como antes. El primer contacto con los nuevos compañeros sería agradable, y seguramente haríamos piña desde el minuto uno. Nos convertiríamos en un puñado de aspirantes a escritores con ansias incansables de aprender. Y el profesor, sabio pero humilde, sería un hombre de mundo, un poeta errante. O por qué no, un compi de escritura más.

Logré dormirme con una sonrisa en la cara, emocionada por el día de mañana.

Pero la experiencia de creativa tuvo poco. Me encontré con un edificio ruinoso. Si a simple vista la fachada era cutre, el interior parecía un laboratorio de metanfetamina en ciernes. Las paredes se caían a cachos y los fluorescentes parpadeaban provocando posiblemente epilepsia. Me pareció un ambiente bastante inspirador si fuera para escribir una novela de terror. Conseguí encontrar a duras penas el aula que me correspondía y, al entrar, un fuerte olor a humedad me provocó una arcada.

El profesor, además de llegar veinte minutos tarde, entró dando un portazo y ni si quiera se presentó, el muy engreído. Echó un vistazo a nuestras dudosas caras de aprender, y cogió un libro titulado ‘Cómo enseñar a escribir sin morir en el intento’, y se puso a leer en voz alta. Al terminar, nos mandó como lectura para comentar ‘Cincuenta sombras de Gray’. Me salió una carcajada pensando que era un chiste, pero nadie más se rio. De hecho, vitorearon la acertada elección. Pasadas dos horas de agonía y sufrimiento, me fui directa a casa pensando en si merecía la pena volver a pasar por ese martirio.

Decidí volver, porque me consideraba una persona que difícilmente se da por vencida. Pero por si no fuera poco la mierda de sitio y la incompetencia del profesor, la gentuza que tenía por compañeros remató el golpe. Parecían los autores de ‘Teo va a la escuela’. Seguramente los cromañones pintaban las cuevas con más entusiasmo que los bodrios de relatos que esta gente escribía. Y para colmo, el profesor aplaudía sus textos como si los hubiese escrito García Márquez. El nivel era bajito, nivel ‘no lo intentes más’. No hubo ni afinidad, ni intereses comunes por ningún lado. Quería que se acabara el curso lo antes posible; probablemente me pegaría un tiro antes de que llegara la Navidad.

Me desperté de golpe, sudando. Hacía tiempo que no tenía una pesadilla tan elaborada. Recordé que ya era viernes y empezaría mi primer día en el taller de escritura. El entusiasmo de la noche anterior se transformó en pánico. Recé al Dios en el que nunca he creído para que la pesadilla no se convirtiera en realidad.