LA PESCADERIA

Me siento en una de las sillas altas con mesa de “La Pescadería”. Nadie de los que hay alrededor se puede imaginar que mi entrepierna permanece mojada. Da la casualidad de que llevo mi ordenador encima y de que el amigo con el que he quedado va a tardar en venir. Se va a retrasar, como siempre, pero voy a intentar escribir mientras llega. 
Nuestra conversación hace unas horas ha sido de lo más excitante. Me transporta a lugares en los que no he estado antes. Mis sensaciones son nuevas, calientes, sorprendentes, envolventes. Espero que sus manos cuando me toquen alcancen a sentir todo eso que emano. 
Mi vestimenta es típica de cita interesante: zapatos de tacón alto fino, medias negras con liga, que se entrevén sentada en la silla alta cuando mi minifalda se sube hasta las ingles. No me había puesto tanga, me apetecía darle aire a mi entrepierna.
Noto unos ojos, acechantes. No levanto la vista pero alguien me observa a unos metros. Un calor me invade y mis mejillas se sonrojan. Los pezones se ponen erectos, atentos. La piel se eriza y se contrae la zona sexual como preparándose para algo, pero no sabe muy bien para qué. Entre ese frío escalofrío de fuera y ese calor cálido de dentro, mi cuerpo se convierte en una montaña rusa de sensaciones. 
Es como si me estuvieran haciendo un masaje pero nadie me toca, al menos con las manos, pero si lo hace con los ojos. ¿Levanto mi vista? Si, lo voy a hacer, me llama poderosamente la atención saber quién es capaz de hacerme sentir todo esto. 
Alto, con barba de un par de días, sonrisa seductora, pelo largo negro, vestido con unos vaqueros, una americana y un pañuelo al cuello. Ahora sí que me sonrojo y fluye placer mojando la silla. 
Se acerca, me enseña la pantalla del móvil y me muestra la foto que me acaba de hacer. Percibo su aliento en mi oreja y susurra algo sobre mi imagen que no logro entender. Me tiene hechizada, no puedo moverme ni hablar, solo asiento como una tonta pero con mi cuerpo pidiendo guerra. Me echo hacia él, me atrae, su poder de seducción es bárbaro. Él lo sabe y acerca su boca a mi cuello. Voy a dejar que lo haga, es un desconocido pero voy a permitir que haga lo que quiera conmigo. Creo que estoy demasiado caliente para decir que no a algo. 
Mientras besa mi cuello una de sus manos sujeta mi barbilla, con dulzura. Sube su boca y me dice: “Sígueme”
Lo dejo todo encima de la mesa lanzándole una mirada al camarero para que vigile aunque, la verdad, ahora mismo poco me importa si alguien se lleva algo. Me lleva al fondo a la derecha, los baños están allí. El de las chicas es muy amplio, es un sitio ideal que ya había pensado para el escarceo con mi amigo pero, creo, que lo voy a inaugurar con este extraño.