LA PRIMERA CITA DE BASTIÁN
Juan Antonio Losana Sánchez | J. A. Jayre

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LA PRIMERA CITA DE BASTIÁN



El lustre de la piel de la cara, tersa y de buen color, el cuerpo redondeado y una permanente sonrisa, daban fe de su inmejorable estado de salud. El hombre, un cuarentón de existencia montesina y soltero de necesidad, se preparaba para viajar por primera vez a la capital, Zaragoza, atormentado por una idea fija que le tintineaba en el cráneo como el escrupulillo de un cascabel: «morir entero».

Bastián llevaba planeándolo desde que, diez años atrás, escuchó en una tertulia de taberna que en la ciudad existían unos lugares llamados «casas de tolerancia» en las que era posible yacer con mujeres a cambio de dinero. Como no se atrevió a preguntar a los tertulianos por el precio del «yacimiento femenil» por no desvelar indecorosas intenciones, y estimando él un elevado coste, urdió un severo plan de ahorro. Ya por aquellas fechas, adquirió veinte cabras más para aumentar la producción de quesos; y las visitas a la taberna, que otrora eran a diario, no sólo las limitó a una vez por semana, sino que redujo el consumo de vino a un par de chatos cuando lo habitual era irse a la cama calentito.

Todos los viernes, contaba y recontaba con entusiasmo el capital acumulado, y una vez que la cifra alcanzó un monto importante, consideró que el anhelado sueño estaba a punto de cumplirse. Empezó por buscar a un pastor para que se ocupara de las cabras en su ausencia; después, encargó al ordinario de la línea regular de autobuses la compra de un teléfono móvil «que tenga “interné”» —le recalcó repetidas veces—; y durante dos meses dedicó las largas horas de quiescencia propias del pastoreo a examinar y manejar el artilugio.

Llegado el último día de la cuenta atrás, Bastián se puso en marcha desde muy temprano. Buscó en Google “casas de tolerancia en Zaragoza”, y seguido telefoneó a una de ellas para reservar el tipo de mujer deseado. Luego de darse un baño en el pilón del patio y atusarse para la primera cita amorosa, que le liberaría por siempre del inquietante escrupulillo de «morir entero», abrió de par en par el ropero familiar y tendió sobre la cama un surtido de pantalones de pana y camisas de algodón conservados desde la juventud de su padre, y unos polos de piqué seminuevos, heredados de un tío suyo.

Abstraído en la ardua tarea de elegir el atuendo apropiado para la ocasión, unos golpes de aldabón a coro con el chirrido de los goznes del portón de entrada, le paralizaron de súbito la respiración.

—¿Bastián, estás ahí? —se oyó una dulce voz femenina—. Que soy la Casilda, la criada del boticario. Es que… había pensado que como tú y yo estamos tan solos…

—Pa… pasa, Ca… Casilda —tartamudeó, nervioso—; estoy en la alcoba. A… a lo mejor podrías ayudarme a…



J. A. Jayre, marzo 2024