962. LA PRIMERA CITA DE JULIO CÉSAR
Óscar López Collado | Óscar L-C

Julio César, un joven madrileño apocado e introvertido que rondaba ya la treintena no sabía todavía lo que era tener una cita con una mujer (género que le generaba todo tipo de miedos) cuando accedió solo, engañado por sus amigos, al restaurante donde supuestamente lo aguardaban para festejar con él su santo, y que resultó ser el de un famoso formato televisivo donde acuden personas de toda índole y condición sexual a mantener citas a ciegas mientras degustan un menú.
Ver al famoso presentador del programa de televisión cara a cara sobrecogió, confundió y paralizó por un momento a Julio César. Fue la mediación del conductor de este programa audiovisual, que estaba al tanto de todo, la que lo convenció para tomar asiento junto a Cristal, su inesperada, tatuada, llena de pirsin y obesa cita. Tuvo que ser ella, que es de carácter extrovertido y jovial, la que llevara la iniciativa de la conversación a la que él solamente contribuía con monosílabos o escuetas frases expresadas siempre con la mirada gacha. Pero esta supina cortedad, lejos de repeler a Cristal, la encandilaba por considerarla el fruto habitual que causaban sus por sí misma sobrevalorados atributos físicos, de los que le gustaba destacar unos prominentes senos que, para la cita en cuestión, mostraba casi en su totalidad. Al final, gracias a su natural desparpajo, ella supo desatar la simpatía y lengua de su interlocutor al descubrir que a ambos les fascinaban los juegos de rol, las series consideradas frikis y las espinacas al vapor, aunque esto último supusiera tener que estar seis días pintando de verde el papel higiénico tras ingerirlas. Julio César experimentó algo nuevo en su interior: conexión con una mujer. Los temores y prejuicios hacia las féminas surgidos en su niñez a raíz del abandono de su madre, que se fugó con su amante dejándolo a él y a su padre sumamente afligidos, se esfumaron.
Cristal no solo rescató a un alma en pena atrapada en el pasado, sino que despertó en él la innata y hasta entonces adormecida curiosidad por el sexo, que ella, invitándolo a su habitación de hotel supo saciar, aunque de un modo peculiar. Experta en sadomasoquismo y sin importarle que él fuera virgen, lo desvirgó a guantazo limpio exigiéndole a voz en grito una reciprocidad que él no supo igualar, con lo que le cayeron nuevos y dolientes castigos entre furibundos insultos que hicieron venir a la policía, alertada por los asustados vecinos de la contigua habitación de los combatientes. Cristal aclaró que todo formaba parte de un consentido juego erótico, y él, aunque molido y maltrecho, con los pezones desollados por los latigazos recibidos y media oreja en la mano, lo corroboró.
Lo que pudo ser una noche traumática se convirtió, no obstante, en la fructífera liberación de un ser a quien el amor expresado mediante el consensuado dolor físico curó el desamor provocado por el ruin acto del abandono familiar.