LA PRIMERA CITA DE LA BISABUELA LUISA
MARGARITA SÁNCHEZ GUERRERO | MARGA

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La Bisabuela Luisa contaba con “mucha gracia” anécdotas de su vida; entre ellas su primera cita: «Acababa de llegar a servir. Un día, Casilda, otra criada, me dijo»:

— Extremeña ¿Tú “tiés” novio?

— No ¿Por qué?

— Porque si no “tiés”, tengo un hermano que te iría que ni “pintao”.

— Soy muy joven.

— Anda, pues ¿”pa” cuándo lo vas a dejar?

— Aún no he cumplido dieciséis —contesté

— ¡Ay, hija! No aparentas menos de diecinueve. Por cierto, aquí “pa” lo que necesites “tiés” una amiga. El jueves, paseamos juntas por el “foro”.

— ¿Qué es el “foro”? — pregunté.

— Extremeña. ¡Tampoco estás tú verde ni “ná”! —No te preocupes, servidora te enseña.

Aunque Casilda me agradaba, consulté con la “señá” Dolores, la cocinera. «La Casilda es buena gente, tiene un hermano; era un chaval cuando murieron los padres y se portó como un hombre». Dijo

— Salimos, y, cuando quieras, me presentas a tu hermano, no para novio, pero estaría feo no querer conocerle. —Le dije a Casilda, al día siguiente.

— Pues ¿sabes? Es taxista, nos puede llevar al Retiro, en coche, como señoronas. ¡Ponte guapa! —contestó.

¡Ponte guapa! No había caído en que no tenía más terno que el uniforme del trabajo y el vestido que traje del pueblo. ¡Qué angustia! Pensé aplazar la salida hasta ahorrar para un vestido decente; pero ¿cuándo sería eso? Le conté a la “señá” Dolores mi apuro. «No te preocupes, hija, algo apañaremos». No sé de dónde sacó el vestido, era muy bonito. Cuando Casilda me vio, exclamó: «¡Qué elegante!» No podéis imaginar cómo me sentía, y cuando salimos a la calle ,vi el pedazo coche, y al lado, con gorra de plato, aquel hombre tan guapo ¡por poco me desmayo!

El hermano, me tomó la mano y dijo:

— Un honor conocerla, Luisa. Soy Antonio —Y añadió— Señoras, disponen de dos horas de coche y conductor. ¡Ustedes mandan!

— Al Retiro, que hace buen día; y nos invitas a una horchata —ordenó Casilda.

— Y lo que se tercie ¡faltaría más! Pues no voy a presumir ni “ná” con la compañía —dijo Antonio con deje muy madrileño.

Esa manera de hablar, que, antes tanto me fastidiaba, había empezado a gustarme, y, pretendiendo ser educada, muy castiza, dije:

— “Muchas gracias”.

— Vaya, si pareces del foro —exclamó Casilda.

— Todo se aprende —contesté riendo.

Fue una tarde maravillosa. Al despedirnos, Antonio, volvió a cogerme la mano; esta vez la retuvo.

— Sé que es usted muy joven, Luisa; pero, con todo respeto, quisiera volver a verla —me dijo.

— ¿Por qué?

— Pues… porque me gusta usted un rato, Luisa.

Y en el tono más madrileño que pude, contesté:

— Y usted me gusta… ¡un mes!, Antonio ¡Claro que puede!

Fue la primera cita de Luisa con Antonio, su marido durante sesenta años. Tuvieron cuatro hijos. Se amaron mucho; trabajaron duro. Hubo éxitos, fracasos, penas y alegrías —lo que viene siendo la vida—. La historia de Luisa y Antonio da para muchas anécdotas. Hoy toca: su primera cita.