LA PRIMERA CITA: UNA HISTORIA REAL
Julia Gonzalvez Torres | Julia Gonzálvez Torres

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¿Se puede tener una primera cita sin saber que es una primera cita? ¿Sin saber que es el primero de muchos encuentros con una persona, que, imprevisiblemente, va a tener gran relevancia en tu futuro y va a trastocar tu mundo y tu forma de ver la vida, dejando una huella permanente en ti? Esas preguntas se me vienen a la mente al volver, varios meses después, al lugar en el que nos conocimos por primera vez.

Google define primera cita como “encuentro entre dos personas interesadas en conocerse mejor”. ¿Tiene que ser siempre intencionado ese encuentro? ¿Y si desde la primera mirada ya sabíamos que queríamos conocernos mejor, solo que ninguno de los dos lo dijo? ¿Y sí, además, por puro capricho del destino, nos dirigíamos al mismo lugar, por lo que ese encuentro, que pudo ser muy breve, un simple intercambio de palabras, estaba destinado a tener una duración prolongada en el tiempo, el tiempo que dura un viaje en tren?

Eso fue lo que nos sucedió. Nuestra primera cita fue primera cita sin saberlo. Se produjo por el encadenamiento de casualidades que nos llevaron a conocernos.

Ambos estábamos llevando a cabo un proyecto de voluntariado en Francia, él al sur del país, en Lyon, y yo al norte, en Normandía. A finales de septiembre se organizó un encuentro de voluntarios extranjeros en Francia, para que conociéramos a personas en nuestra misma situación y que participásemos en talleres que nos ayudaran a desempeñar mejor nuestras tareas. Teóricamente, él debía haber ido a otro seminario que se celebraba más tarde en el sur, pero se empeñó en que quería conocer esa parte del país (primera casualidad). Yo, como vivía en un pueblo pequeño y mal comunicado, tenía que encadenar un BlaBlaCar, un autobús y dos trenes para llegar a mi destino. ¿Qué podía salir mal? Como me temía, uno de mis trenes se retrasó (segunda casualidad), dejándome el tiempo más que justo para llegar al siguiente. Corrí con mis maletas de un lado a otro, sin saber cuál era mi vía. Finalmente la encontré y entré en el tren a toda velocidad, dos minutos antes de la hora de partida, chocándome con alguien que salía del baño (tercera casualidad). Con la tensión que sentía no pude más que excusarme rápida y torpemente en castellano: “¡perdón, perdón!” (¿cuarta casualidad?), y mientras lo hacía me quedé prendada de sus enormes ojos verdes. Él me respondió también en español, “no pasa nada”, lo que nos llevó a seguir hablando. ¿Qué hacían dos españoles en esa parte perdida de Francia? Descubrimos que, de hecho, íbamos al mismo encuentro, y que teníamos muchísimas cosas en común. Estábamos tan concentrados en la conversación que los demás pasajeros nos regañaron por hablar alto, pero nos dio igual. Para cuando llegamos a nuestro destino, ambos sabíamos que queríamos volver a vernos. Queríamos tener una segunda cita.

¿Se puede tener una primera cita sin saber que es una primera cita? Esto es una historia real.