La primera cita
Laura Arenas Peralta | Ojos verdes

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Llueve en la ciudad. Tenía que llover hoy que he quedado por primera vez con aquel chico de la App. Después haber estado chateando por dos semanas por fin ha surgido la oportunidad. Quedamos en la salida de la estación del tren.

Me he puesto una falda y ahora siento mucho frío, mi pelo ya no está tan liso como hace unas horas. Lo espero bajo mi paraguas. Por fin lo veo descender del tren. ¿Me reconocerá? Se acerca despacio, mira a izquierda y derecha hasta que por fin nuestros ojos se cruzan. Le sonrío, me sonríe de vuelta. Nos saludamos y vamos a la cafetería que hay cruzando la calle. Pido un té de menta poleo, él pide un cappuccino. Me cuenta que en su turno de anoche perdió a una paciente, la quimioterapia no le hizo efecto. Lo dice tranquilamente, no parece muy afectado. Supongo que así es la vida de los médicos.

––¿Has perdido muchos pacientes? ––pregunto.

––Van tres en el último año. Es duro, pero no puedo llorarlos a todos. Si lo hiciera no podría seguir haciendo mi trabajo. ¿Y tú, qué has hecho esta semana?

––He estado redactando un informe.

––¿Sobre qué es tu informe? ––me pregunta.

––Sobre el aprendizaje de lenguas extranjeras en los niños.

––Que interesante. Por cierto, vas muy guapa.

––Gracias ––le digo tratando de sonreír. Siento que mi cara se ha puesto colorada.

Afuera sigue haciendo frío, adentro parece que el calor hiciera que nos acerquemos cada vez más.

––Me gusta tu sonrisa ––me dice mientras me toma de las manos.

Se acerca. Sus labios rozan mis labios. La primera sensación al tocarlos es de frío, pero pronto esa sensación se convierte en un beso cálido. Mi cuerpo tiembla, él me abraza. Al separar nuestras bocas nos miramos de nuevo. Hay un brillo tierno en sus ojos verdes, me sonríe. Vuelvo a recorrer su cara, paso por su nariz y al llegar otra vez a su boca la acerca y nos damos otro beso.

––Sigues temblando ––me dice––. Tranquila, no tienes por qué estar tan nerviosa.

––Siempre me pasa las primeras veces.

Ríe. Me besa de nuevo. El temblor de mi cuerpo cesa poco a poco. Una camarera se acerca y nos dice que ya van a cerrar. El tiempo se ha pasado volando.

––¿Quieres buscar otro lugar? ––me pregunta él.

––No, ya es tarde. Debo volver a casa.

Salimos del local con las manos cogidas, nuestros dedos entrecruzados como si fuéramos una pareja de años. Al salir tengo la sensación de estar flotando. Afuera la calle sigue mojada pero ya no llueve. Me deja en la estación de tren. Lo abrazo con fuerza.

––Me gustaría volverte a ver ––le digo.

––A mí también me gustaría.

Nos besamos una última vez y entro a la estación. Mientras espero el tren sonrío, aprieto mi abrigo y me doy cuenta de que su olor se ha quedado impregnado en él. Siento que es imposible desdibujar la sonrisa que hay en mi cara.