1423. LA PRIMERA CITA
Anais Cañagueral Novella | Annie_CN

Miguel esperó nervioso e inquieto en el fondo del restaurante a que llegase Angela. Había escogido aquella mesa apartada y en la penumbra a propósito de su causa y estaba convencido a que todo saliese tal y como había planeado.
Cuando la vio aparecer el corazón se le aceleró de tal forma que temió que se le fuese a salir del pecho. Angela caminaba despreocupada por la entrada del restaurante mientras conversaba animadamente con uno de los camareros, que la guiaba hasta su mesa. Estaba realmente guapa acicalada con un veraniego vestido de flores blanco y se había recogido la cabellera morena en una alta coleta. La escasez de maquillaje en su aniñado rostro, a excepción del rubor, animó a Miguel y le arrancó una sonrisa.
¿Iba a reconocerlo con aquella gorra azul que había comprado en el bazar de la esquina antes de venir? Esa idea reactivó su reconcomio.
Vio entonces a Angela sentarse en una mesa no muy lejos de la entrada, pero lo suficientemente cerca de su mirada, junto a un joven atlético. ¿Era este el muchacho que gozaría de la primera cita de su querida hija?
Durante la cena los observó con detenimiento, reparando en como su hija se pasaba los dedos por la coleta y la enrollaba al tiempo que ladeaba la cabeza, actuando como una adolescente enamorada. El joven, al que tenía de espaldas, reía escandalosamente de las ocurrencias de esta y se dejaba caer informalmente en la silla con las piernas abiertas y un brazo apoyado en la mesa.
Esa imagen le provocaba hasta el punto de imaginarse levantando al muchacho por el pecho y atemorizándolo para que no volviese a acercarse a su pequeña. Pero entonces tomó aire y recordó que tenía un plan mucho mejor.
Le hizo una seña discreta al camarero que se acercó de inmediato y con disimulo le susurró al oído, después le ofreció un billete de diez euros.
Pasaron cinco minutos cuándo el camarero se acercó a la mesa de los jóvenes y torpemente dejó caer la bebida que portaba sobre el susodicho. Al momento este entró en cólera y sacó a relucir su peor faceta gritando y culpando al pobre camarero, que, en un descuido había ocasionado aquel fortuito incidente. Por si fuese poco, el joven pretendiente se levantó para encarar al camarero y al pisar el líquido desparramado, resbaló y terminó en el suelo. Miguel se mofó mientras se contenía para no levantarse y aplaudir.
Eso provocó que en la cara de su hija se tornase roja de vergüenza. Tras varios reproches al muchacho y disculparse con el camarero se marchó dignamente con el bolso en la mano.
—¿Así es como cuidas de tu hija? —la voz de su mujer le provocó un sobresalto.
Esta le miraba con desaprobación, de pie frente a su mesa y con los brazos en jarras. ¿De dónde había salido?
De repente su rostro cambió y soltó una carcajada.
—Yo solo le he ofrecido cinco euros y se ha negado.