LA PRIMERA DE LAS PRIMERAS CITAS
ÁLVARO BARDÓN TURUELO | Máximo Star

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El ingenuo empeño del escribano por corregir la errata solo consiguió hacerla más evidente. Casi nadie hubiera reparado en la primera cita del códice y probablemente hubiera pasado desapercibida, pero el abuso del raspado con el punzón de agujero ciego y la pobre imitación de la letra de molde sobre el pergamino consiguieron otorgar un protagonismo indeseado a un remiendo que nació con preferencia por la discreción.

De esta manera, la primera nota a pie de página del manuscrito pasó a ser uno de los textos más repetidos del Renacimiento. Sin embargo, tras la invención de la imprenta Gutenberg y la llegada del Humanismo cambiaron las modas y la primera cita del códice cayó en el desinterés de esos lectores “modernos” del medievo.

Durante casi cuatro siglos el breve pasaje permaneció olvidado.

No es esta la ocasión de aclarar cómo llegó el manuscrito a mis manos. Los detalles de esa adquisición darían para un tratado de iniquidades. Estos días, para saldar las cuentas contraídas me basta simplemente con imaginar la dicha de los lectores actuales al descubrir por primera vez los placeres del viejo texto. Así, pueden ustedes ayudar a reducir la gravedad de mi pena tan solo con seguir leyendo esta narración que lleva por título…



LA PRIMERA DE LAS PRIMERAS CITAS

«Nunca me había sentido así. Me sudan las manos, se me seca la boca y la maldita cicatriz de la cirugía “rib removal” no deja de molestarme. Ojalá pudiera tener a alguien cerca para hablar de estos “sentimientos” (creo que a partir de ahora los llamaré así). Pero nadie nunca antes los ha experimentado jamás. Y tampoco voy a molestarle a él por esta pavada. Hoy es el gran día. ¿Hoy? Demasiado pronto. Creo que no estoy preparado. Tal vez aun pueda retrasar la cita un par de semanas. Ya sé que fui yo el que insistí en conocerla, pero qué son un par de semanas. Tampoco estoy tan solo como le di a entender. No creo que la barba termine por quedarme bien. ¿Qué voy a hacer con estos pelos? Tal vez de este lado mejor, ¿no? Todavía puedo perder un par de kilos. Bastará con dar un par de vueltas al Jardín y hacer unas flexiones. ¡Uy, no… que se me pueden saltar los puntos del pecho! Seguro que espera que le proponga un plan divertido. Pero la verdad es que por aquí no hay mucho que hacer. Espero que le gusten los animales. Tal vez le lleve un ramo de flores. La verdad que de eso tengo de sobra. ¿Qué es ese ruido detrás del manzano? ¿Puede ser ella? Espero no quedarme embobado. Suele pasarme cuando me pongo nervioso. Será mejor que me presente.

– Me llamo Adán, le dije.»