La primera palabra de amor
ROCIO ACUÑA LORENZO | kfelito

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La primera palabra de amor



Su mujer trasteaba con los utensilios de la cocina llenado la casa de ruido y olores deliciosos que lo transportaban a su infancia. Entró en la cocina y la vio con todo organizado. Tanía los huevos ya batidos en un plato, la harina en el otro, en el fregadero escurrían unas verduras cocidas. Ella envuelta en un manido delantal y con un pie posado sobre el otro y los brazos en jarra miraba el aceite como apremiándolo para que se calentase antes.

Cuando estaba así, tan concentrada, no se daba cuenta de cómo la miraba él, embobado. Posado en el quicio de la puerta. Llevaba el pelo sujeto en una pinza sin embargo aquellos rebeldes rizos se escapan de aquella sujeción enmarcando aquella preciosa sonrisa. Se sentía afortunado por compartir la vida juntos. Le gustaba verla así, concentrada en su mundo.

Cuando la vio por primera vez tenía esa misma expresión. Él había acudido a la biblioteca en busca de algo de información sobre la Guerra Civil española a fin de poder realizar un trabajo para el instituto. Ella estaba sentada en una de las largas mesas con un libro entre las manos. Sus ojos acariciaban cada línea de aquellas páginas. Durante unos segundos, él mismo olvidó a qué había ido allí, era como si el destino lo hubiera empujado a llegar allí.

Se presentó y ella, contrariada por la interrupción, le pidió que bajase la voz. Susurró su nombre, Olivia. Avergonzado se sentó junto a ella. La hora y media siguiente se miraba las manos como esperando el tiempo necesario para no volver a interrumpirla. Cuando ella pasó la última página del libro y cerró la tapa de sus ojos comenzaban a asomar un par de lágrimas. Dentro del pecho de él algo se rompió al verla tan triste. Sacó un paquete de pañuelos y se lo dio.

Salieron a la vez de la biblioteca y comenzaron a pasear por el parque próximo. No se conocían de nada y, sin embargo, parecían conocerse de siempre. Pasó esa tarde, y muchas más. Se hicieron inseparables. Todo a su lado eran primeras veces para ambos, pero salían de forma natural. Nunca había cogido de la mano a ninguna chica, pero cuando los dedos de ella se enlazaron con los de él, ya no quiso coger la mano de nadie más por miedo a que borrase su tacto.

Recuerda que una cálida tarde de abril estaban sentados en un viejo banco de madera junto a un pequeño lago artificial donde los patos se peleaban por comer las migas de pan que les iban echando. El corazón de ambos latía enloquecido dentro de sus pechos, se miraron y tras una tímida sonrisa se dieron un tierno beso. Cuando notó la suavidad de sus labios en un suspiro ahogó su primera palabra de amor.