LA PRIMERA ROSA
ESTHER GRIÑÓ VERDE | Esther Griñó

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Aquella mañana del veintitrés de abril, no había hecho falta que sonara el despertador para que Iban se levantara. Ahí estaba él, delante de la puerta de la habitación de su madre, vestido con su mejor ropa y todo aseado.

—¡Mamá! Despierta ya que me tienes que preparar el desayuno.

Su madre sorprendida no pudo remediar esbozar una sonrisa al contemplar a su hijo que la miraba nervioso.

—Primero se dan los buenos días Iban. Y por cierto ¿qué colonia te has puesto? Hueles a tu padre.

Avergonzado porque no quería dar explicaciones se marchó hacia la cocina donde esperó a su madre y revisó la maleta por segunda vez para comprobar que la rosa de caramelo que había comprado el día anterior estaba dentro.

Antes de salir de casa para dirigirse al colegio volvió a revisar la maleta que se colocó todo orgulloso sobre sus pequeños hombros de un niño de nueve años.

Hoy era el gran día. Era el día de la rosa y el libro y él había quedado con la niña más guapa de la clase, según él del mundo entero, a la hora del patio.

Cuando sonó el timbre del recreo se guardó la rosa como pudo debajo de la bata como si fuera el mayor de los tesoros y salió corriendo hacia el lugar donde había quedado con Clara. Allí, en aquella esquina más apartada del patio, le esperaba ella apoyada en la pared. Los dos se sentaron de espaldas a los demás niños para que nadie les molestara y con los nervios a flor de piel se sacó la rosa de caramelo y se la regaló. Después de dársela estuvo a punto de levantarse y salir corriendo ya que su corazón palpitaba tan deprisa que pensaba que ella lo oiría y se daría cuenta de lo nervioso que estaba, pero el contemplar a su bella compañera le pudo más y aguantó como un campeón. Clara, contenta, para agradecérselo, le dio un beso en la mejilla con la dulzura más grande que había visto. Entonces fue cuando se ruborizó y no pudo expresar todo lo que él hubiera querido de todo lo que le revoloteaba en su interior ya que aquel nudo en el estómago le impedía pronunciar una sola palabra.

Estuvieron unos minutos callados, ella mirando la rosa y meneando sus hombros de un lado a otro y él mirándola de reojo, hasta que al fin Iban cogió aire y se atrevió a decirle que era la niña más guapa que había conocido y le preguntó que si quería ser su novia, a lo que Clara contestó que sí.

Cuando salieron del colegio, Iban no podía ser más feliz. El resto de la mañana había estado repitiéndose en su cabeza lo que había pasado en el patio, sin prestar atención a nada más. Su madre al verle tan satisfecho le preguntó:

—¿Cómo ha ido la mañana?

—Bien —respondió como sin importancia—. ¿Podríamos ir con Clara y su madre este fin de semana al cine?