La primera vértebra
Paula Hoyos Gómez | Aloma

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Seleccioné las siguientes opciones: altura indiferente, más flaco que atlético, bueno, culto, deportista, lector, divertido, educado, buen conversador, cinéfilo, con gusto por la música, la gastronomía y algunas nociones de cocina.



Una semana después sonó el timbre. Era viernes, serían aproximadamente las siete de la tarde y había un ambiente primaveral que animaba a echarse a la calle. Abrí la puerta. Era tal y como lo había imaginado. Llevaba una caja de cartón en las manos y dijo que dentro estaban todas sus cosas. «Mis accesorios», aclaró. Dejé la caja sobre el recibidor y salimos de paseo.

Hablamos, sobre todo yo: dije que me gustaba junio, las terrazas, que estaba leyendo a Knausgård, que estaba sedienta y quería una cerveza. Él me preguntó por qué Knausgård y señaló una mesa que acababa de quedar libre en un bar:

—¿Te parece bien aquí?

Sonreí a modo de respuesta.



Brindamos cuando la camarera trajo dos dobles y unas aceitunas. La complicidad era evidente. Él mencionó The Architect, yo le recomendé La Mesías. Ninguno habíamos visto The Newsroom y sugerimos (con precaución, sin decirlo expresamente para no asustar al otro) la posibilidad de verla juntos.

Yo pagué la ronda.

Él me rozó la mano (casualmente) cuando nos levantamos de la mesa.



En el restaurante, compartimos un ceviche y un steak tartar, habló de sus planes de futuro. Me recogí el pelo detrás de las orejas para escucharle mejor.

Antes de que trajeran el postre nos habíamos besado. Pagué con tarjeta. Al salir del local, nos dimos un beso largo. Su lengua era pequeña y fría, parecía metálica.

—-¿Tomamos la última en casa? —sugerí.

Teníamos los ojos vidriosos, caminábamos de la mano por la acera e íbamos canturreando una melodía comercial que se postulaba a canción del verano.

Había un parpadeo extraño en su mirada. Todo era ligero y fácil. La ciudad era nuestra.



Cuando llegamos a casa, la caja de cartón con sus accesorios seguía sobre el mueble de la entrada. Serví dos copas de vodka. «No tengo ginebra», dije a modo de disculpa. Él estaba reclinado en el sofá, con los ojos entreabiertos.

—-¿Te encuentras bien? —pregunté.

—-Estoy muuuy caan-sa-dooo —respondió él.

—-¿Quieres un poco de agua?

—-Sí —dijo con un hilo de voz.

Regresé con la jarra. Él seguía hablando, sus palabras sonaban lentas, arrastraba las sílabas. Trató de beber, pero también le costaba tragar.

—-Noo sé…qué…me…pasa. Nece-si-to, dormir —dijo.

Noté cómo parpadeaba una luz roja en el centro de sus pupilas y adiviné lo que ocurría. Dentro de la caja de sus accesorios estaba el Manual de instrucciones, en la sección 3.Batería recomendaban mantenerlo cargando toda la noche la primera vez que se descargara.

Desabroché los botones de su camisa con cuidado y encontré el puerto USB en la primera vértebra de su espalda. Lo enchufé a la corriente mediante el cargador y me fui a dormir.

Quería que nuestro amor durase, vencer, por fin, a la obsolescencia programada.